Climatólogo alerta sobre la epidemia de eventos extremos

El experto ecuatoriano Raúl Cordero advierte que incendios, olas de calor e inundaciones serán cada vez más intensos si no se frena el calentamiento global. Por qué asegura que la atmósfera de hace un siglo «ya no existe» y por qué, pese a todo, se declara optimista

El clima que conocimos ya no existe. Esa es la advertencia central del climatólogo ecuatoriano Raúl Cordero, profesor de la Universidad de Groningen (Países Bajos), especialista en física atmosférica y uno de los investigadores más citados sobre el fenómeno del calentamiento global en Sudamérica. En diálogo con BBC Mundo, Cordero fue categórico: «no vamos a recuperar, al menos en ningún futuro predecible, el clima y la atmósfera ya perdidos».

El experto, que trabajó durante años en Chile y desarrolla investigaciones en la Antártida, coincidió con el diagnóstico que hizo este año el Servicio Meteorológico británico al presentar su informe sobre el estado del clima en el Reino Unido: el clima del siglo XX dejó de existir. Según explicó, la razón es física y no admite matices: la composición de la atmósfera cambió de forma irreversible en la escala de una vida humana.

Una atmósfera irreconocible

La clave, según Cordero, está en la concentración de dióxido de carbono (CO2), el principal gas de efecto invernadero. Ese valor es hoy un 50% superior al que existía hace poco más de un siglo, un salto que alteró de raíz el equilibrio térmico del planeta. Como el CO2 tiene una vida media de al menos cien años en la atmósfera, el gas que hoy modifica el clima no es solo el que emite la generación actual, sino también el que liberaron generaciones anteriores.

Esto convierte al cambio climático en lo que el especialista definió como un problema intergeneracional: los efectos de las emisiones actuales seguirán alterando el clima mucho después de que quienes las produjeron ya no estén. Por eso, aunque el mundo detuviera hoy mismo las emisiones, no hay ningún escenario realista en el que la atmósfera vuelva a su estado previo antes de que transcurra, como mínimo, un siglo.

Sin embargo, Cordero fue enfático en marcar una diferencia entre resignación y fatalismo: «todavía podemos perder más», advirtió, en referencia a que la inacción climática seguirá empeorando la frecuencia y la intensidad de los fenómenos extremos.

La «epidemia» que ya es global

El climatólogo utilizó una palabra poco habitual en el vocabulario climático para describir lo que ocurre hoy en el planeta: epidemia. Según su diagnóstico, existe una epidemia de eventos extremos —incendios, olas de calor e inundaciones— que se vuelven, al mismo tiempo, más intensos y más frecuentes en todas las regiones del mundo.

El dato que respalda esa alerta es contundente: los 11 años transcurridos entre 2015 y 2025 fueron los más cálidos jamás registrados, según confirmó en marzo la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en su informe Estado del Clima Mundial. El propio organismo, dependiente de Naciones Unidas, proyectó además que la temperatura media global de 2025 superó en cerca de 1,43 °C la media preindustrial (1850-1900), y advirtió que existe una probabilidad del 86% de que alguno de los años entre 2026 y 2030 supere el récord de calor que hoy ostenta 2024.

Incendios sin precedentes en Europa

La entrevista con Cordero llega en medio de una temporada de fuegos históricos en el sur de Europa. Durante julio, España y Francia atravesaron algunos de los peores incendios forestales de su historia reciente. Según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, en España se quemaron 207.000 hectáreas en lo que va del año, la cifra más alta registrada para el período enero-julio, mientras que en Francia el fuego arrasó 92.000 hectáreas, la mayor superficie en dos décadas. Las autoridades españolas llegaron a evacuar a unas 63.000 personas, de las cuales alrededor de 24.000 ya habían podido regresar a sus hogares hacia fines de julio.

Los incendios en la región de Burdeos fueron tan violentos que generaron «nubes de fuego», un fenómeno hasta entonces nunca documentado en la zona, según reportó la cadena CNN. Consultado sobre si se puede atribuir directamente al cambio climático la responsabilidad de un incendio puntual, Cordero fue preciso: es difícil vincular un episodio aislado, pero sí es posible atribuirle la tendencia de fondo hacia incendios cada vez más intensos y catastróficos.

El especialista trazó un paralelismo inquietante con otros megaincendios recientes: el de California en enero de 2025, que arrasó suburbios de Los Ángeles durante casi dos semanas pese a los recursos del estado más rico del país más rico del mundo; los de Australia en 2020; y los de Chile en 2017 y 2023, donde el fuego que alcanzó Viña del Mar en 2024 mató a más de 100 personas al penetrar la ciudad con una velocidad que impidió la evacuación. Para Cordero, atribuir estos desastres solo a una mala gestión forestal es un error de diagnóstico: el verdadero motor detrás de los megaincendios es la alteración irreversible de la composición atmosférica.

Las olas de calor, el riesgo más letal y menos visible

Si hay un fenómeno que Cordero señala como el más peligroso del calentamiento global, son las olas de calor. El organismo European Mortality Monitor calculó que la ola de calor de junio de 2026 provocó una sobremortalidad de más de 10.000 personas en Europa, de las cuales más de 5.700 correspondieron solo a Francia. Durante ese episodio, los habitantes de París llegaron a estar expuestos a temperaturas hasta 15 grados por encima de los valores típicos de la estación.

Según explicó el climatólogo, la frecuencia de las olas de calor se intensificó entre un 200% y un 300% según la región tropical analizada; en su ciudad natal, Guayaquil (Ecuador), el aumento fue de casi 400% desde la década de 1980. El experto remarcó además un dato clínico poco conocido: cuando una persona mayor de 65 años sin acceso a aire acondicionado atraviesa un día de calor extremo, su riesgo de morir se duplica.

Uno de los motivos por los que este fenómeno permanece invisible en las estadísticas oficiales, explicó Cordero, es que no existe un certificado de defunción que indique «murió por ola de calor»: la única forma de dimensionar el impacto es a través del análisis de sobremortalidad posterior al evento.

Por qué el hemisferio norte se calienta el doble de rápido

Otro de los ejes de la entrevista fue la asimetría del calentamiento entre hemisferios. El programa europeo Copernicus documentó que Europa se calienta al doble de velocidad que el resto del planeta, un patrón que Cordero extendió a todo el hemisferio norte. La explicación combina dos factores: por un lado, el hemisferio norte tiene mucha más superficie continental, y la tierra responde más rápido que el océano a la radiación solar; por otro, el derretimiento acelerado del Ártico genera un círculo vicioso, ya que al derretirse el hielo queda expuesto un océano más oscuro que absorbe más radiación y se calienta aún más rápido, derritiendo más hielo.

En la vereda opuesta está la Antártida, que se calienta más lento porque —a diferencia del Ártico, un océano cubierto de hielo— es un continente donde la mayor parte del hielo no está en contacto directo con el mar, sino con roca continental. Además, su capa helada tiene en promedio dos kilómetros de espesor, muy superior a los pocos metros del hielo ártico, lo que retrasará su deshielo por varios siglos.

El Niño y la Argentina: qué se espera

Con la llegada oficial de un nuevo episodio de El Niño, declarada en junio por la agencia estadounidense NOAA, Cordero anticipó un combo peligroso para 2026 y 2027. Al ser un fenómeno de calentamiento del Pacífico ecuatorial, El Niño empuja el termómetro global al alza, por lo que si 2026 no termina siendo el año más caluroso registrado, 2027 podría serlo.

En cuanto a las lluvias, el experto proyectó sequías potencialmente históricas en la cuenca del Amazonas, el altiplano boliviano, Sudáfrica y el sudeste asiático, mientras que se esperan precipitaciones abundantes en Medio Oriente, el sur de Estados Unidos, el norte de México, el centro de Chile, el sur de Brasil y el centro de la Argentina. El calentamiento global, advirtió, agrava ambos extremos: reseca aún más los suelos donde no llueve y añade humedad extra a la atmósfera en las zonas donde sí llueve.

Combustibles fósiles: «una droga atmosférica»

Consultado sobre por qué países como Estados Unidos y Canadá buscan ampliar la explotación de combustibles fósiles pese a la evidencia científica, Cordero fue tajante: los países productores de petróleo no tienen incentivos económicos inmediatos para la transición energética, algo que también aplica a naciones sudamericanas exportadoras como su propio país natal, Ecuador. Pero remarcó que la era de oro de los fósiles tiene los años contados, en particular porque potencias como India y China —que no cuentan con reservas petroleras propias— avanzan con fuerza hacia las renovables por pura conveniencia económica. Definió al petróleo, sin eufemismos, como «un producto tóxico» que perderá consumidores más pronto que tarde.

¿Hay lugar para el optimismo?

Pese al panorama, Cordero se define como optimista. Argumentó que la transición energética avanza a un ritmo que hace una década parecía impensado, especialmente en el sur global y en países clave como China, donde más de la mitad de los autos vendidos ya son eléctricos. A nivel mundial, uno de cada cuatro vehículos vendidos en 2025 fue eléctrico, según datos de la Agencia Internacional de Energía. A esto se suma el avance de tecnologías de adaptación, como la penetración creciente del aire acondicionado fuera de Europa.

El climatólogo tomó como referencia histórica el caso del agujero de ozono, un problema que en los años 80 amenazaba la viabilidad de la vida humana en el planeta y que la comunidad internacional logró controlar mediante acción coordinada. Ese precedente, dijo, alimenta su convicción de que en pocas décadas será posible hablar del calentamiento global como «un problema controlado», aunque reconoció que esa mirada no representa el consenso científico mayoritario, más cauto al respecto.

No hay «nueva normalidad»

Cordero cerró la entrevista con una advertencia conceptual: rechazó la idea de que exista una «nueva normalidad» climática a la que simplemente haya que acostumbrarse. A diferencia de mudarse a un país con otro clima, el cambio climático no ofrece un punto de estabilización: se trata de un deterioro continuo que exige adaptaciones permanentes, algo especialmente difícil para las economías del sur global que dependen de la agricultura y de la regularidad de las lluvias.

Para el especialista, la única salida posible no es adaptarse a una nueva normalidad, sino construirla activamente, estabilizando el clima mediante el fin del uso de combustibles fósiles. No hay, insistió, ningún atajo alternativo.