Cobre: así es la mina más grande del mundo que funciona 100% con energía renovable

La mina de cobre Escondida, en pleno desierto de Atacama, produce el equivalente a 25.000 autos eléctricos por día y opera con energía renovable y agua de mar desalinizada. Su modelo se mira de cerca en Argentina, donde el RIGI busca replicar la fórmula con proyectos como Los Azules, Josemaría y Vicuña.

Volar dos horas entre Santiago y Antofagasta es, hoy, un trámite casi de rutina: hay 30 vuelos diarios que conectan ambas ciudades chilenas. Buenos Aires y San Juan, en cambio, apenas suman cuatro frecuencias semanales. Esa diferencia, aparentemente menor, resume la brecha de infraestructura que separa a la Argentina de Chile en la carrera global por el cobre, el metal que se volvió estratégico para la transición energética y la revolución de la inteligencia artificial.

El destino final de ese vuelo es Escondida, la mina de cobre más grande del planeta, ubicada a 3.100 metros sobre el nivel del mar en el desierto de Atacama. Operada por BHP —la mayor minera del mundo—, junto con Río Tinto y el consorcio japonés JECO, Escondida aportó el 25% de todo el cobre producido en Chile durante 2025 y todavía le restan, según sus propios cálculos, unos 80 años de vida útil.

Un gigante que nació de la persistencia

El nombre de la mina no es casual. Durante años, distintos geólogos intuyeron que en esa zona de la cordillera de Antofagasta existía un yacimiento de magnitud, pero varias compañías abandonaron la búsqueda sin resultados. Recién en los años 80, una firma estadounidense utilizó lo último de su presupuesto exploratorio en la región y encontró el pozo positivo que hoy es Escondida. La producción arrancó en 1991.

Energía 100% renovable y cero agua dulce

El dato que mejor explica por qué el proyecto se convirtió en caso de estudio es su matriz energética. BHP avanzó en los últimos años hacia el abastecimiento 100% renovable para operar Escondida, aprovechando que el desierto de Atacama es, a la vez, el más seco del planeta y uno de los territorios con mayor radiación solar del mundo, además de fuertes vientos que bajan desde la costa del Pacífico hacia la cordillera.

La otra transformación central fue el agua. Desde 2019, Escondida cerró definitivamente sus pozos de agua continental y hoy se abastece en un 100% con agua de mar desalinizada, un proceso que comenzó en 2006 y se amplió en 2016 y 2018 con una planta desalinizadora que demandó una inversión de US$ 3.400 millones. Usar agua desalada cuesta hasta cinco veces más que el agua subterránea, principalmente por el consumo eléctrico: solo la desalinización representa un 30% de toda la energía que utiliza la mina, un volumen equivalente al 6% del consumo eléctrico de todo el sistema nacional chileno.

La operación es, además, altamente electrointensiva: uno solo de sus molinos de mineral consume la misma energía que la ciudad de Antofagasta. Por eso Escondida cuenta con conexión directa a la red de alta tensión chilena y con una estación transformadora propia dentro de sus instalaciones.

Automatización desde Santiago

Escondida también avanza en un proceso de automatización total. La mina opera 33 camiones y 11 perforadoras controlados de forma remota desde oficinas ubicadas en Santiago de Chile, a cientos de kilómetros del yacimiento, un esquema que reduce riesgos laborales y optimiza la productividad las 24 horas.

De la roca al cátodo: cómo se procesa el cobre

El mineral que se extrae en los dos open pit (tajos abiertos) de Escondida se procesa según su composición. Los óxidos se transforman mediante lixiviación y electro-obtención en cátodos de cobre de alta pureza (99,9%), que se comercializan en planchas de entre 80 y 90 kilos, listas para uso industrial sin necesidad de refinación adicional. Los sulfuros, en cambio, se convierten en un concentrado con 25% de pureza que viaja a través de dos mineroductos hasta el Puerto de Coloso, donde se carga en buques de 55.000 toneladas. Desde allí, el mineral realiza un viaje marítimo de unos 40 días —a razón de un barco cada tres días y medio— con destino a refinerías de China, Corea del Sur, India y Japón.

Con un solo día de producción de sus tres plantas concentradoras, Escondida obtiene el cobre necesario para fabricar 25.000 autos eléctricos. Solo en 2025, la compañía pagó más de US$ 4.000 millones en impuestos y regalías al Estado chileno.

Vida en el campamento: 10.000 camas y roster de siete días

Escondida cuenta con 10.000 camas para alojar a cerca de 4.000 trabajadores directos y otros 6.000 empleados de empresas contratistas. El régimen laboral es de siete días de trabajo por siete de descanso, y el 40% de la dotación proviene de localidades cercanas a la mina. El campamento incluye un policlínico de alta complejidad, servicios de hotelería y gastronomía permanentes, y también cuenta con generación fotovoltaica propia para abastecer parte de sus consumos internos.

Por qué el mundo mira al cobre

La demanda global de cobre crece de la mano de dos fenómenos que se retroalimentan: la electrificación del transporte —un auto eléctrico consume el doble de cobre que uno a combustión— y la construcción de centros de datos para inteligencia artificial, que requieren enormes volúmenes del metal para sus instalaciones eléctricas. En BHP proyectan que, hacia 2050, la demanda mundial de cobre será un 70% más alta que la actual.

El espejo argentino: qué busca el RIGI

Argentina no produce cobre desde 2018, pero el país integra la lista de las próximas fronteras del metal rojo gracias a yacimientos como Los Azules, Josemaría, Filo del Sol y el proyecto binacional Vicuña, todos ubicados en San Juan. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), impulsado por el gobierno de Javier Milei, se convirtió en la herramienta clave para atraer el capital que requiere este tipo de desarrollos, que demandan miles de millones de dólares antes de producir el primer cátodo.

El caso más avanzado es Los Azules, a cargo de la canadiense McEwen Copper —con participación de Río Tinto (a través de su brazo Nuton) y la automotriz Stellantis—. El proyecto, ubicado en Calingasta a 3.600 metros de altura, fue el primero en obtener la aprobación del RIGI, por un monto de US$ 2.700 millones, y generará cerca de 3.500 puestos de trabajo. Según su estudio de factibilidad, Los Azules podría producir hasta 148.000 toneladas de cobre por año durante 21 años, con el primer cátodo previsto para fines de 2029 o inicios de 2030. Al igual que Escondida, el proyecto argentino apunta a ser carbono neutral en 2038 y a funcionar con electricidad 100% renovable una vez en operación, además de utilizar hasta un 70% menos de agua que una mina convencional.

Por su parte, el proyecto Vicuña —que comparte accionistas con Escondida— recibió la aprobación de un RIGI por US$ 7.100 millones para su primera etapa, dentro de un plan integral estimado en unos US$ 18.000 millones en tres fases, bajo la categoría de Proyecto de Exportación Estratégica de Largo Plazo (PEELP). Además, la minera Glencore presentó dos proyectos de cobre en San Juan y Catamarca por una inversión conjunta de US$ 13.500 millones, la mayor cartera individual desde la entrada en vigencia del régimen. Según el Ministerio de Economía, ya son más de 20 los proyectos anotados en el RIGI por un total superior a los US$ 33.600 millones.

La brecha que todavía falta cerrar

Más allá del capital comprometido, la comparación con Escondida deja en evidencia que la ecuación no se agota en la inversión minera. La infraestructura vial, aeroportuaria y eléctrica de Chile —rutas pavimentadas sin un solo pozo hasta los yacimientos, decenas de vuelos diarios entre sus principales ciudades y una red de alta tensión que llega hasta el pie de la cordillera— es, hoy, sensiblemente más robusta que la disponible en San Juan. Cerrar esa brecha logística será, para buena parte de la industria, tan determinante como el propio Régimen de Incentivo para que la Argentina vuelva a producir cobre después de siete años de ausencia en el mapa mundial del metal.