Corea del Sur, el país que casi eliminó la basura de comida

Del 2,6% al 97%: el modelo asiático que convirtió los restos de comida en energía, fertilizante y alimento animal. Cómo lo logró, cuánto cuesta y qué puede aprender el mundo.

En 1996, apenas 2,6% de los restos de comida de Corea del Sur se reciclaba. En 2023, la cifra rozó el 97%. En treinta años, el país asiático dio vuelta la ecuación: los residuos orgánicos dejaron de ser un problema de vertederos y pasaron a ser un recurso.

El dato es contundente. En 2023, el país recicló el 96,8% de sus 4,81 millones de toneladas de residuos alimentarios, según cifras oficiales citadas por The Guardian. El resultado lo ubica entre los casos de mayor recuperación de orgánicos del planeta.

El problema global: 1.050 millones de toneladas a la basura

El caso surcoreano llega en un momento crítico. El informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) estima que el 19% de los alimentos disponibles para los consumidores se desperdicia, lo que equivale a 1.050 millones de toneladas al año. Los hogares generan cerca del 60% de ese total, unas 631 millones de toneladas.

El impacto va más allá del plato vacío. La ONU calcula que entre el 8% y el 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero se relaciona con la comida que se pierde o se desecha, casi cinco veces las de la aviación. Cuando los restos orgánicos se descomponen sin oxígeno en un basural, liberan metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el dióxido de carbono en el corto plazo.

La receta surcoreana: tres décadas, un mismo principio

El sistema no surgió de un día para otro. Se construyó con medidas graduales, cada vez más exigentes, sobre un principio simple: quien más tira, más paga.

1995: pagar por lo que se tira. El gobierno implantó un sistema de cobro por volumen de basura. Reemplazó la tarifa fija vinculada al impuesto inmobiliario. La medida buscaba reducir la cantidad de residuos y fomentar el reciclaje, en un contexto de urbanización acelerada y suba de ingresos que saturaba rellenos e incineradoras. Según el Korea Economic Institute of America, ese esquema derivó en una reducción del 23% de los residuos domésticos.

1997: separar es obligatorio. Los restos de comida dejaron de mezclarse con la basura general, práctica que multiplicaba los malos olores, la humedad y las dificultades de tratamiento.

2005: prohibido enterrar comida. Es el cambio más determinante. Hogares, restaurantes, mercados y comercios debieron separar los residuos alimentarios, lo que impulsó la expansión de plantas de tratamiento.

2010: el plan maestro. Ese año se lanzó el Plan Maestro para la Reducción de Residuos Alimentarios, que derivó en la aplicación nacional, en 2013, del cobro por peso de los restos de comida, con inspiración en las políticas de Japón.

2013: el año del salto tecnológico. Todos los residentes pasaron a estar obligados a desechar correctamente sus restos de comida y a pagar según el peso. Además, se prohibió arrojar al mar los lixiviados (el líquido del procesamiento de orgánicos). Algunas fuentes, como el Korea Herald, ubican esa prohibición en 2011. La medida obligó a construir más plantas en tierra firme.

Contenedores inteligentes: la clave del sistema

La pieza más llamativa es la tecnología RFID. En los complejos de departamentos, los vecinos abren el contenedor con una tarjeta, depositan los restos y reciben un registro del peso. Ese dato se suma a la factura mensual del hogar.

El mecanismo es simple: se escanea el chip, se abre la tapa, se vuelca la comida, se pesa y se cobra en función de los kilos.

En 2025, el país tenía más de 151.000 contenedores inteligentes, que atendían a más de 8,6 millones de hogares.

El modelo involucra a todos los niveles. El Ministerio de Medio Ambiente impulsa la regulación y los planes nacionales, los gobiernos locales organizan la infraestructura y financian parte de los equipos, las empresas recolectan y procesan, y los ciudadanos cumplen y pagan.

Del plato al campo: qué pasa con la comida descartada

Los residuos llegan a plantas donde se retiran bolsas, metales y otros elementos ajenos. Luego se trituran y se deshidratan parcialmente. De acuerdo con datos recogidos por The Guardian, del total reciclado:

  • 42% se convierte en alimento para animales.
  • 33% en compost.
  • 16% en biogás.

El biogás sirve como combustible o para generar electricidad. Según un estudio publicado en la revista Sustainability, el país tenía 110 instalaciones de biogás, que en 2020 produjeron 362 millones de metros cúbicos estándar, de los cuales se aprovechó el 83,2%.

Los resultados: menos residuos y ahorro millonario

En Seúl, los residuos alimentarios diarios cayeron 23,9% entre 2013 y 2023: de 3.181 a 2.419 toneladas por día. Un estudio en cinco edificios de la capital detectó una reducción promedio del 51% tras incorporar los contenedores inteligentes.

El impacto económico también es significativo. Hong Su-yeol, director del Resource Circulation Society and Economy Institute, estimó en Korea JoongAng Daily que el cobro por volumen evitó 160 millones de toneladas de residuos domésticos y permitió reutilizar unas 200 millones de toneladas desde 1995. Calculó beneficios por 45 billones de wones (unos USD 30.600 millones), aunque parte de esa mejora coincidió con el abandono de las briquetas de carbón.

Lo que el «milagro» no resolvió

El éxito surcoreano tiene matices. El sistema no eliminó la generación de restos de comida: casi todo se recicla, pero se sigue tirando mucho.

Según el Ministerio de Medio Ambiente, cada surcoreano descarta unos 95 kilos de comida al año, por encima del promedio mundial de 79 kilos. Solo el procesamiento de esos residuos costó unos 823.500 millones de wones (USD 556 millones) en 2024, y las estimaciones que incluyen el costo social y ambiental total rondan los 20 billones de wones anuales. Además, el alto contenido de sal limita la reutilización de estos residuos como alimento animal o compost.

Por eso el foco empieza a cambiar: de reciclar mejor a desperdiciar menos. Seúl ensaya incentivos basados en datos para premiar a quienes reducen lo que descartan.

Argentina: una brecha enorme

La comparación es inevitable. Argentina pierde o desperdicia unos 16 millones de toneladas de alimentos por año, según datos de la Secretaría de Agricultura. Esa cifra equivale al 12,5% de la producción nacional y, según el Banco de Alimentos de Buenos Aires, alcanzaría para alimentar durante un año a 24 millones de personas.

Según el Ceamse, el 41,5% de la basura del área metropolitana corresponde a alimentos, y de los 7 millones de toneladas recolectadas en 2018, solo 12.000 se reciclaron y 4.300 se compostaron, según un estudio de la Oficina de Presupuesto del Congreso. Aunque el dato tiene algunos años, muestra la distancia con el modelo asiático.

Qué lecciones deja el modelo

Los especialistas coinciden en cuatro claves replicables:

  1. Incentivos económicos claros: pagar por peso o volumen cambia hábitos.
  2. Obligaciones progresivas: cada norma se apoyó en la anterior, con años de transición.
  3. Infraestructura antes de la exigencia: el país construyó plantas de compostaje y biogás junto con las normas.
  4. Tecnología de medición: los contenedores inteligentes dieron transparencia y trazabilidad.

Nueva York, que oficializó la separación obligatoria de orgánicos en octubre de 2024, ya observa el caso como referencia. Pero los expertos advierten que el modelo demandó tres décadas, inversión pública sostenida y un cambio cultural profundo.

La experiencia surcoreana demuestra que es posible transformar la basura en recurso. También deja una advertencia: reciclar casi todo no basta si se sigue desperdiciando de más.