El debate sobre la edad del primer celular está equivocado: la ciencia señala otro factor clave

Nuevas investigaciones cuestionan el foco de padres y legisladores en la edad de acceso a smartphones y advierten que el patrón de uso adictivo es el verdadero determinante de la salud mental infantil y adolescente.

Durante años, la pregunta que dividió a pediatras, psicólogos y familias fue siempre la misma: ¿a qué edad es seguro darle un celular a un hijo? Hoy, la ciencia propone una respuesta más incómoda: quizás esa no sea la pregunta correcta.

Un conjunto de investigaciones recientes, publicadas en revistas de referencia internacional, desafía el consenso instalado y coloca en el centro del debate un factor hasta ahora relegado: no es tanto cuándo se entrega el dispositivo, sino cómo se usa. El hallazgo tiene implicancias profundas para millones de familias que creyeron que retrasar el acceso al smartphone era suficiente para proteger a sus hijos.

El mito del «basta con esperar»

El estudio publicado en la revista Pediatrics por investigadores del Hospital Infantil de Filadelfia (CHOP), en colaboración con las universidades de California y Columbia, analizó datos de más de 10.000 adolescentes de 21 centros participantes del Adolescent Brain Cognitive Development Study (ABCD). Sus conclusiones iniciales parecían confirmar la tesis clásica: los niños que recibieron su primer smartphone antes de los 12 años presentaban mayores indicadores de depresión, obesidad y falta de sueño.

Sin embargo, el propio estudio reveló un dato que complejiza el panorama. Los niños que no tenían celular antes de los 12 años pero lo obtuvieron poco después mostraron un deterioro comparable en su salud mental y hábitos de sueño al llegar a los 13, en comparación con quienes seguían sin acceso. La conclusión fue contundente: el simple retraso en la entrega del dispositivo no garantiza un impacto positivo a largo plazo.

El patrón adictivo supera al tiempo de exposición

La investigación que más directamente cuestiona el debate vigente fue liderada por Jason M. Nagata, de la División de Medicina para Adolescentes y Adultos Jóvenes de la Universidad de California, San Francisco. Con datos de más de 8.000 participantes del mismo estudio ABCD, Nagata y su equipo encontraron que los vínculos entre el uso problemático de pantallas y la salud mental son significativamente más fuertes que los reportados previamente para el tiempo total de exposición.

«No todo el tiempo frente a la pantalla es perjudicial. El verdadero riesgo aparece cuando el uso se torna adictivo o problemático, cuando los chicos no logran parar, se sienten estresados si no acceden, o esto empieza a afectar el sueño, el estado de ánimo o las actividades cotidianas», sostuvo Nagata. Sus datos muestran que en Estados Unidos, el 49,5% de los adolescentes ya presenta algún patrón de uso problemático de pantallas.

Esta línea de investigación coincide con los hallazgos del estudio internacional HBSC, donde el catedrático de la Universidad de Sevilla Francisco José Rivera señaló que el tiempo total frente a pantallas no explica los trastornos psicológicos observados, sino el patrón adictivo y su evolución en el tiempo. Un uso intensivo, advirtió Rivera, aunque no registre incidencias graves inicialmente, puede terminar derivando en uso problemático.

Salud mental previa y entorno familiar, variables decisivas

La misma lógica aparece en un estudio prospectivo de la Universidad de Minnesota, que midió en preadolescentes cuatro dominios relacionados con la adicción —impulsividad, motivación, psicopatología previa y reactividad emocional— antes de que accedieran a sus dispositivos. Los resultados indicaron que estas características individuales previas predijeron con mayor solidez el uso problemático de pantallas en la adolescencia media que la edad de primer acceso al dispositivo.

El entorno familiar emerge como otro factor de peso. El informe Infancia, adolescencia y bienestar digital, elaborado por UNICEF España junto a la Universidad de Santiago de Compostela, basado en una macroencuesta a más de 75.000 escolares de entre 10 y 20 años, confirmó que el entorno familiar y escolar sigue siendo el principal factor de protección frente a los riesgos del mundo digital. Los menores cuyos padres utilizan el celular durante las comidas o lo mantienen en el dormitorio presentan mayores tasas de uso problemático de redes sociales y alteraciones del sueño.

La edad importa, pero no sola

Los especialistas aclaran que relativizar la edad de acceso no significa ignorarla. El estudio global de la organización sin fines de lucro Sapien Labs, realizado con casi 28.000 jóvenes de entre 18 y 24 años de múltiples países, encontró que el bienestar mental mejoraba cuanto mayor era la edad en que la persona había recibido su primer smartphone. Y una investigación publicada en el Journal of Human Development and Capabilities concluyó que por cada año antes de los 13 en que un niño accedía a un dispositivo, los indicadores de salud mental en la adultez temprana eran más bajos.

Pero incluso estos estudios reconocen sus límites. El Dr. Ran Barzilay, psiquiatra infantil del CHOP y autor principal del estudio publicado en Pediatrics, reconoció que su investigación no evaluó el uso concreto que los menores daban al teléfono. «Básicamente, hicimos una pregunta sencilla: ¿el mero hecho de tener un smartphone propio a esta edad tiene algo que ver con los resultados de salud?», explicó. La respuesta sigue siendo parcial.

Qué hacer con esta información

La revisión sistemática de 153 estudios longitudinales con niños y adolescentes de entre 2 y 19 años, con seguimientos de hasta 20 años, liderada por el investigador de la Universidad James Cook de Australia Sam Teague, confirmó que de todos los medios digitales, las redes sociales son el área más problemática. Los jóvenes que las usaban con mayor frecuencia eran más propensos a presentar síntomas de depresión, dificultades de comportamiento, consumo de sustancias, autolesiones y peor rendimiento académico.

El mensaje central que emerge de la evidencia científica acumulada no es tranquilizador para quienes esperan una regla simple. La edad de acceso al primer celular importa, pero no opera en el vacío. Lo que se hace con ese dispositivo, la supervisión adulta que existe alrededor de su uso, la salud emocional previa del niño y la calidad del entorno familiar definen, en conjunto, si el smartphone se convierte en una herramienta o en un factor de riesgo.

Como advirtió Nagata, «tanto las plataformas digitales como las familias deberían buscar modos de reducir las características adictivas de las aplicaciones y redes sociales, ya que estos patrones de uso pueden modificarse y repercuten directamente en la salud mental de los adolescentes».

El debate sobre a qué edad entregar el primer celular continuará. Pero la ciencia ya lo está ampliando hacia una pregunta más urgente: qué pasa después.