El submarino nuclear soviético que lleva 37 años envenenando el Ártico

Un estudio publicado en PNAS confirma que el K-278 Komsomolets, hundido en 1989 en el Mar de Noruega con un reactor dañado y dos ojivas nucleares a bordo, sigue liberando radionúclidos al océano. Las concentraciones de cesio-137 detectadas cerca del pecio son hasta 800.000 veces superiores a los niveles normales. La comunidad científica descarta una emergencia inmediata, pero advierte que el riesgo irá en aumento.

1.680 m Profundidad del pecio en el fondo marino

800.000× Cesio-137 sobre el nivel normal

42 Tripulantes muertos en el accidente de 1989

A casi 1.700 metros de profundidad, en las frías aguas del Mar de Noruega, reposa desde hace más de tres décadas una de las herencias más peligrosas de la Guerra Fría. El K-278 Komsomolets, el submarino nuclear más avanzado que jamás construyó la Unión Soviética, se hundió el 7 de abril de 1989 tras un incendio devastador. Cuarenta y dos de sus 69 tripulantes murieron. El resto del mundo asumió que el drama había terminado. Estaba equivocado.

Un estudio publicado recientemente en las Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), la revista científica de mayor prestigio en los Estados Unidos, confirma lo que algunos investigadores noruegos venían advirtiendo desde 2019: el pecio sigue siendo una fuente activa de contaminación radiactiva. El combustible del reactor se degrada. Los radionúclidos escapan. Y el océano los absorbe.

«Las concentraciones de cesio-137 detectadas junto a los conductos de ventilación del submarino alcanzan valores 800.000 veces superiores a los normales. Las de estroncio-90, 400.000 veces por encima del fondo natural.»

Un arma sin igual, una tumba sin fondo

El Komsomolets no era un submarino ordinario. Construido con un doble casco de titanio, era capaz de sumergirse a profundidades que ningún rival occidental podía alcanzar. Su tecnología era la envidia de las armadas de la OTAN. Y en su interior descansaban un reactor nuclear y dos torpedos con ojivas de plutonio, a 180 kilómetros al suroeste de la Isla del Oso, en el archipiélago de las Svalbard.

El accidente fue brutal. Un cortocircuito en el compartimento 7 originó una deflagración que se volvió incontrolable porque la atmósfera del submarino estaba críticamente enriquecida en oxígeno debido a fallos en el sistema de regeneración de aire. La nave se hundió en cuestión de horas. La Unión Soviética intentó minimizar el impacto. Décadas después, el mar revela la verdad.

Lo que el fondo del mar no perdona

Las misiones de inspección soviéticas y rusas entre 1989 y 2007 verificaron el estado del casco con sumergibles tripulados. En 1994, se sellaron los tubos lanzatorpedos con aleaciones de titanio para contener las ojivas. Pero el reactor dañado siguió su propia lógica de deterioro, al margen de cualquier intervención humana.

Desde entonces, Noruega asumió el monitoreo científico del sitio mediante vehículos submarinos operados a distancia (ROV). Fue la primera vez que el pecio fue documentado en vídeo con suficiente detalle como para evaluar su estado real. Lo que encontraron los investigadores del Instituto de Investigación Marina (IMR) noruego fue inequívoco: el casco emite radionúclidos de forma continua, concentrados especialmente en la zona del reactor averiado y en los conductos de ventilación.

Los análisis de fauna marina adherida al casco, incluyendo esponjas y pequeños invertebrados, arrojaron niveles ligeramente elevados de radiación. Sin embargo, hasta la fecha no se han detectado deformaciones visibles ni impactos biológicos significativos en el ecosistema circundante. La razón es que el mar profundo diluye la contaminación con rapidez. Más allá del entorno inmediato del pecio, los valores regresan a rangos considerados normales para la región.

No hay emergencia hoy. Pero habrá un mañana

Los científicos son taxativos en su mensaje: no existe una crisis inmediata. La radiación se disipa rápidamente gracias a la enorme presión, la baja temperatura y las fuertes corrientes profundas del Mar de Noruega. Pero también son igualmente claros en su advertencia: la degradación del casco continuará durante las próximas décadas, y la acumulación progresiva de material radiactivo en el ecosistema marino podría alcanzar umbrales críticos si no se mantiene una vigilancia rigurosa.

El caso del Komsomolets no es una anomalía histórica. Otros submarinos y reactores nucleares de la era soviética permanecen hundidos en el Ártico y el Atlántico Norte. Cada uno de ellos es una bomba de relojería con un mecanismo de deterioro que nadie diseñó y que nadie puede detener. La pregunta que la comunidad científica internacional lleva décadas planteando sin respuesta sigue en pie: ¿qué hacer con las armas nucleares que el siglo XX enterró en el fondo del océano?

Por ahora, la respuesta es monitorear. Y rezar para que el mar siga diluyendo lo que la humanidad fue incapaz de resolver en superficie.