Tras el cierre del Aquarium, diez delfines nariz de botella fueron enviados a un acuario en Hurgada, Egipto. El operativo, impecable desde lo logístico, desató una ola de protestas de ONGs, activistas y miles de argentinos que consideraron el traslado como un acto de crueldad innecesaria.
El traslado de los diez delfines del ex Aquarium Mar del Plata a Egipto no solo fue una hazaña logística: también se convirtió en uno de los hechos de mayor repudio animalista del año en Argentina.
Organizaciones como PETA Latinoamérica, SinZoo, Proyecto Gran Simio Argentina, Voicot, Animales Sin Voz y decenas de colectivos locales lanzaron campañas bajo consignas como “No son equipaje”, “Delfines no son muebles”, “Libertad para Zaiko, Lara y los demás” y “Egipto no es su hogar”. En redes sociales, el hashtag #NoAlTrasladoDeDelfines llegó a ser tendencia nacional durante varios días y acumuló millones de interacciones.
Los principales motivos del rechazo fueron:
- Estrés extremo y riesgo para la vida: especialistas en cetáceos advirtieron que un viaje de más de 30 horas (incluyendo traslados terrestres y vuelo) en cajas reducidas genera estrés fisiológico severo, alteraciones inmunológicas y riesgo de muerte súbita, incluso con todos los cuidados.
- Cautiverio perpetuo: los activistas señalaron que los delfines, nacidos en cautiverio y sin experiencia en mar abierto, fueron condenados a seguir viviendo en piletas de hormigón en lugar de ser enviados a un santuario costero (como los que existen en otros países). “Egipto no tiene regulaciones estrictas de bienestar para cetáceos y hay antecedentes de acuarios con pésimas condiciones”, denunció la ONG Mundo Marino Libre.
- Cambio de destino sin transparencia: el plan original anunciado por The Dolphin Company era reubicarlos en “un oceanario próximo a la región”. El giro repentino hacia Egipto –a más de 12.000 km– fue interpretado como una decisión comercial para vender o intercambiar los animales, no como la mejor opción para su bienestar.
- Antecedente de mortalidad en traslados: se recordaron casos internacionales como el traslado de delfines desde el Miami Seaquarium o el Oceanográfico de Valencia, donde varios ejemplares murieron días o semanas después por estrés post-traslado.
A pesar de las protestas y pedidos de habeas corpus presentados ante la Justicia argentina (todos rechazados), el operativo siguió adelante con autorización del Senasa y el Ministerio de Ambiente de la Nación.
El operativo en sí fue coordinado por Servicios Logísticos Asociados (SLA) SRL. “Fue la primera vez que trasladamos animales acuáticos de estas características”, reconoció Ignacio Nieto, director de Operaciones. Cada delfín –Zaiko, Lara, Olivia, Isis, Aramis, Callie, Moro, Ares, Juno y Mako– viajó en una caja de tres metros parcialmente llena de agua, con caños paralelos y una lona que funcionó como camilla. Se aplicó vaselina y crema en la piel, goma espuma en cabeza y aletas, y la carga de cada animal tomó cerca de 30 minutos bajo supervisión constante de veterinarios y cuidadores.
Los camiones partieron de madrugada, con paradas cada 20 minutos, hasta Ezeiza, donde los ejemplares embarcaron en un vuelo directo de Qatar Airways especialmente acondicionado.
Previamente, imágenes virales de agua turbia en las piletas habían generado una denuncia penal por abandono. Las inspecciones oficiales del 17 de agosto de 2025 desestimaron maltrato: “Los delfines se observan activos, estado corporal normal y sin signos visibles de enfermedad”, certificaron tanto la Municipalidad de General Pueyrredón como la Dirección Provincial de Pesca.
A pesar del éxito técnico y la llegada confirmada de los diez delfines a Hurgada, la controversia persiste. Miles de argentinos que crecieron viendo a estos animales en Mar del Plata hoy los consideran “rehenes de por vida” en un destino lejano y cuestionado.
La historia, que combina logística extrema, polémica ética y un final agridulce, sigue generando debate sobre el futuro de los cetáceos en cautiverio y la verdadera definición de “bienestar animal”.
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