El Nuevo Arco de Chernóbil, la megaestructura que desde 2016 protege Europa de la radiación del peor desastre nuclear de la historia, perdió su capacidad de contención tras un ataque con drones en febrero. La OIEA urge reparaciones inmediatas mientras expertos advierten de posibles fugas de polvo radiactivo que podrían propagarse miles de kilómetros, reviviendo el terror de 1986.
El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) confirmó este lunes que el Nuevo Confinamiento Seguro (el gigantesco escudo de acero que cubre el reactor número 4 de Chernóbil) ha perdido sus funciones de seguridad primarias tras un ataque con drones registrado a principios de 2025. La estructura, construida por un consorcio europeo a un costo de 1.500 millones de euros, sufrió un impacto que abrió un agujero de 15 metros cuadrados en su revestimiento exterior, provocando un incendio y comprometiendo su integridad.
Los inspectores del organismo de la ONU, que completaron la semana pasada una evaluación in situ, detectaron que la estructura “ya no garantiza el aislamiento” del material radiactivo que permanece dentro del reactor destruido en 1986. “Una restauración oportuna e integral sigue siendo esencial para evitar una mayor degradación y garantizar la seguridad nuclear a largo plazo”, advirtió el director general del OIEA, Rafael Grossi, quien enfatizó que, aunque no hay daños permanentes en las vigas de soporte ni en los sistemas de monitoreo, la brecha podría permitir la liberación de rayos gamma y partículas finas en cualquier momento.
El incidente ocurrió el 14 de febrero, cuando Ucrania acusó a Rusia de atacar con drones la central nuclear de Chernóbil. Moscú negó rotundamente las acusaciones. El impacto provocó un incendio en el revestimiento exterior del arco, aunque no se registraron daños permanentes en las estructuras de soporte ni en los sistemas de monitoreo. Inicialmente, las autoridades ucranianas reportaron niveles de radiación normales y estables, sin fugas inmediatas, pero la evaluación posterior reveló que la capacidad de contención se ha reducido drásticamente. Expertos estiman que las reparaciones podrían superar los 100 millones de euros, y la estructura podría necesitar ser desmontada y reconstruida en un sitio remoto debido a los altos niveles de radiación que impiden trabajos in situ.
Pese a la gravedad del diagnóstico, el profesor Jim Smith, experto en las secuelas de Chernóbil de la Universidad de Portsmouth (Reino Unido), restó dramatismo: “No es algo por lo que debamos entrar en pánico”. Según Smith, el mayor riesgo seguiría siendo la posible dispersión de polvo radiactivo, pero este permanece contenido dentro del antiguo sarcófago de hormigón construido por la Unión Soviética y cubierto por el nuevo arco. Sin embargo, otros especialistas, como el experto en seguridad nuclear Robert Kelley del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), advierten que si el polvo escapa, podría ser transportado por aves o vientos a distancias de cientos de kilómetros, contaminando suelos y agua.
El sarcófago original tenía una vida útil de solo 30 años, por lo que en 2016 se inauguró el Nuevo Confinamiento Seguro, diseñado para durar al menos un siglo y evitar nuevas fugas de material radiactivo a la atmósfera europea. Hoy, con el daño acumulado, el sitio alberga aún el 95% del material radiactivo original, incluyendo 190 toneladas de combustible nuclear fundido, lo que lo convierte en una "bomba de tiempo" potencial.
¿Qué pasaría si comienza a salir la radiación? Una fuga significativa de polvo o gases radiactivos –como cesio-137 o yodo-131– podría tener consecuencias devastadoras, similares pero posiblemente menores a las de 1986. Inmediatamente, generaría una emergencia sanitaria local: aumento de cáncer de tiroides en niños (como los miles de casos post-1986), leucemias, cataratas y mutaciones genéticas en la población expuesta dentro de la Zona de Exclusión de 30 kilómetros. A mediano plazo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima un incremento del 2% en tasas de cáncer en áreas contaminadas, junto con efectos psicosociales como ansiedad crónica y trastornos mentales por estrés postraumático.
En cuanto a la propagación, la historia de Chernóbil lo demuestra: la nube radiactiva de 1986 contaminó 142.000 kilómetros cuadrados en Ucrania, Bielorrusia y Rusia, y se extendió irregularmente por vientos y lluvias a gran parte de Europa. Países como Suecia, Alemania, Francia, Italia, Polonia y hasta España detectaron partículas radiactivas, con niveles que obligaron a prohibir el consumo de setas y leche en varias regiones. Hoy, en un escenario de fuga, expertos como Attila Aszódi de la Universidad de Tecnología y Economía de Budapest prevén un riesgo local inicial de hasta 2 kilómetros por rayos gamma directos, pero el polvo fino podría dispersarse miles de kilómetros, afectando cultivos, agua potable y cadenas alimentarias en toda Europa del Este y Central. La OMS calcula que una liberación similar podría sumar 4.000 muertes adicionales por cáncer en décadas, con costos económicos en cientos de miles de millones de euros por evacuaciones, descontaminación y pérdidas agrícolas.
Mientras tanto, el OIEA continúa evaluando la infraestructura energética crítica de Ucrania, incluyendo las subestaciones eléctricas indispensables para la refrigeración de reactores en todas las centrales nucleares del país, en medio de los continuos bombardeos rusos. Un corte prolongado de energía podría agravar el riesgo al fallar los sistemas de ventilación del NSC, permitiendo que el polvo supere el sarcófago y contamine áreas "limpias" de Ucrania y más allá.
La comunidad internacional, que financió el NSC, clama por acción urgente: Francia ya aportó 10 millones de euros adicionales para reparaciones, pero el director de la agencia estatal ucraniana de la Zona de Exclusión, Hryhoriy Ishchenko, lamenta que "los esfuerzos globales se hayan desperdiciado". Con la guerra en curso, el fantasma de una segunda catástrofe nuclear acecha Europa.
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