La petrolera que negó el cambio climático ahora apuesta todo al carbono

ExxonMobil invierte miles de millones en captura y almacenamiento de CO₂ en la costa del Golfo de Estados Unidos, pero la resistencia política y comunitaria en Luisiana amenaza con paralizar más de 75.000 millones de dólares en proyectos industriales.

$5.000M Valor de la red de oleoductos de CO₂ de Exxon

900 mi Extensión de la red en Texas, Luisiana y Mississippi

$6.600M Inversión global en CCS en 2025, frente a $4.100M en 2024

ExxonMobil, considerada durante décadas por sus críticos como la petrolera occidental más hostil a la acción climática, está ejecutando uno de los giros estratégicos más radicales de la industria energética global: construir la mayor empresa de captura y almacenamiento de carbono (CCS) del mundo en la costa del Golfo de Estados Unidos.

El grupo estadounidense está tendiendo una red de oleoductos de 900 millas por Texas, Luisiana y Mississippi para conectar a clientes industriales con formaciones rocosas porosas en las profundidades del subsuelo, donde el dióxido de carbono quedará atrapado indefinidamente. La infraestructura está valorada en más de 5.000 millones de dólares.

«En Estados Unidos, y muy concretamente en la costa del Golfo de México, se dan todas las condiciones. Pero estamos explorando oportunidades en Alberta, Canadá, Taiwán, Singapur… en todo el mundo.»

Dominic Genetti, vicepresidente sénior de CCS, ExxonMobil

La apuesta refleja una transformación más profunda en todo el sector: las empresas históricamente asociadas con los combustibles fósiles están intentando posicionarse como protagonistas de la descarbonización industrial. Exxon, Chevron y la petrolera estatal emiratí Adnoc lideran esta nueva carrera.

La resistencia política que amenaza miles de millones

Sin embargo, la ambición de Exxon choca de frente con una creciente oposición pública y política en Luisiana, el estado que concentra la mayor capacidad potencial de almacenamiento geológico de CO₂ en Estados Unidos y cientos de posibles clientes industriales.

John Fleming, tesorero estatal y candidato republicano al Senado, ha sido uno de los voces más críticas. «No queremos convertirnos en un vertedero tóxico para el resto del país», declaró, calificando el almacenamiento subterráneo de CO₂ de «tecnología experimental» dependiente de subsidios públicos que permite a empresas privadas «pisotear los derechos de propiedad» de los residentes.

El impacto económico potencial es enorme. Según la agencia de desarrollo económico de Luisiana, la reacción negativa contra la CCS amenaza con paralizar más de 75.000 millones de dólares en inversiones de capital propuestas por empresas industriales que planeaban aprovechar esta tecnología en el estado.

En octubre, el gobernador Jeff Landry ordenó una moratoria sobre nuevas solicitudes de permisos, citando preocupaciones de la comunidad por la seguridad, el impacto ambiental y los derechos de propiedad. El estado había recibido más de cien solicitudes de empresas como Exxon, Shell y Air Products.

«Las comunidades de esta zona están expuestas a más contaminantes y emisiones nocivas que cualquier otra en Estados Unidos. Por eso se la conoce como el ‘Corredor del Cáncer’.»

Kaitlyn Joshua, activista de Earthworks

El «caballo de Troya» de los combustibles fósiles

Los grupos ecologistas van más allá y acusan a la CCS de ser un instrumento diseñado por la industria petrolera para perpetuar la extracción de combustibles fósiles. Señalan que la mayor parte del CO₂ capturado por Exxon se bombea actualmente a pozos agotados para extraer el petróleo restante, una técnica conocida como recuperación mejorada de petróleo, y advierten de riesgos de fugas en oleoductos y contaminación de aguas subterráneas.

Los opositores recuerdan la fuga de CO₂ registrada en Mississippi en 2020 que provocó la hospitalización de decenas de personas, y aseguran haber movilizado a miles de ciudadanos en audiencias públicas en los últimos dos años.

La demanda de la IA impulsa el mercado

Pese a la resistencia, la inversión global en CCS se disparó a 6.600 millones de dólares el año pasado, frente a los 4.100 millones de 2024, mientras el número de plantas en operación comercial aumentó un tercio hasta alcanzar 77, con otras 44 en construcción.

Un factor decisivo es el boom de los centros de datos de inteligencia artificial. Las grandes tecnológicas, con sus estrictos objetivos climáticos y su voraz demanda energética, están convirtiéndose en los principales clientes de la CCS, según Brenna Casey, analista de BloombergNEF. «Observamos una clara disociación entre la demanda del mercado y los ciclos políticos», señaló, destacando cómo la acción empresarial está reemplazando a la gubernamental como motor de la descarbonización.

La normativa europea también juega un papel clave. El mecanismo de ajuste en frontera del carbono de la UE, que penaliza las importaciones con altas emisiones, incentiva a empresas como CF Industries —que opera una gran planta de fertilizantes en Luisiana— a invertir en descarbonización para acceder a mercados europeos y asiáticos. La compañía ya bombea dos millones de toneladas de emisiones al año a través de los oleoductos de Exxon.

Incluso la administración Trump, tras presiones de la industria, decidió mantener los créditos fiscales para la CCS introducidos por la administración Biden, una señal de que la tecnología ha adquirido suficiente peso político para sobrevivir a los cambios en la Casa Blanca.

Luisiana: el banco de pruebas decisivo

Genetti advirtió que la oposición en Luisiana podría obligar a Exxon a desviar inversiones a otros estados, lo que, según él, sería «perjudicial para la economía» del estado. La empresa rechaza los argumentos sobre el peligro de sus gasoductos de CO₂, señalando que tienen una tasa de incidentes menor que otras infraestructuras similares en la región, y los monitorea desde un centro de control en Houston las 24 horas del día.

Dustin Davidson, secretario del Departamento de Conservación y Energía de Luisiana, aclaró que la moratoria no es permanente y se reevaluará una vez procesadas las solicitudes iniciales. «El objetivo es demostrar que hemos superado este proceso satisfactoriamente», declaró.

Lo que ocurra en Luisiana en los próximos meses determinará si la CCS puede convertirse en una industria madura o si quedará atrapada entre las promesas de la descarbonización y la desconfianza de las comunidades que deberían alojarla. Para Exxon, la respuesta definirá si su mayor apuesta estratégica en décadas termina siendo una revolución industrial o un costoso fracaso político.