Un estudio revela que la Unión Europea construye un modelo de vejez basado en la productividad, la autonomía y la reducción del gasto público.
Un estudio académico publicado en 2026 desnuda el andamiaje ideológico detrás de la política europea de envejecimiento activo: según sus autores, la Unión Europea ha construido durante más de una década un ideal de persona mayor útil, sana e independiente que responde, en última instancia, a objetivos fiscales antes que al bienestar individual. El trabajo, encabezado por Pelle Korsbæk Sørensen, analiza documentos oficiales de la UE de 2012 y 2019, y concluye que envejecer bien, en el lenguaje comunitario, significa seguir aportando al mercado laboral y consumir la menor cantidad posible de servicios del Estado.
El punto de partida del análisis es demográfico y contundente. La proporción de personas de 80 años o más en la Unión Europea pasaría de 2019 a 2070 a más del doble, hasta el 13%, mientras que el grupo de 20 a 64 años bajaría de 59% a 51%, según el informe de envejecimiento de la Comisión Europea. Esa transformación estructura, según los investigadores, toda la lógica de la política comunitaria hacia los adultos mayores.
El trabajo, el voluntariado y los nietos como deber social
El estudio revisó dos publicaciones centrales del Año Europeo 2012 del Envejecimiento Activo: el retrato estadístico de Eurostat y el Eurobarómetro Especial 378, que relevó las opiniones de 31.280 personas mayores de 15 años en 27 Estados miembros y cinco países asociados. Según el estudio, ambos textos presentan la participación de las personas mayores como una respuesta a desafíos sociales y presupuestarios.
En esa narrativa, la vejez activa incluye retrasar la jubilación, aceptar trabajos de medio tiempo, participar en iniciativas comunitarias, hacer voluntariado y prestar cuidados informales, por ejemplo en el cuidado de nietos. Lo que en otro tiempo se interpretó como elección o generosidad familiar, los documentos europeos lo presentan como una contribución esperada y necesaria.
Los autores señalan que el aprendizaje a lo largo de la vida deja de ser una idea general y pasa a funcionar como una exigencia concreta: los Estados miembros deben alentar a las personas a mantenerse abiertas a nuevas ideas y nuevas tecnologías, seguir en el mercado laboral mediante incentivos de empleo y mejorar su capital humano con más educación y competencias.
La conclusión es perturbadora: esa formulación desplaza una idea histórica de la vejez como etapa posterior al cumplimiento del deber social e instala la expectativa de que las personas mayores sigan siendo un recurso para el mercado laboral, la sociedad civil y la familia.
Ser sano como obligación fiscal
La segunda dimensión del análisis se enfoca en la salud y su vínculo con el presupuesto estatal. Según su lectura, los documentos sugieren que el Estado debe promover hábitos saludables y que el individuo debe conservar su salud para seguir participando en el trabajo y en la vida social.
Cuando el informe de Eurostat resume los efectos atribuidos a una mejor salud, enumera tres: mejorar el bienestar de las personas, prolongar la vida laboral para estimular el crecimiento económico y reducir la presión sobre los sistemas de salud y atención social. Para los autores, esa secuencia convierte el cuerpo y la autonomía de los mayores en un asunto de política económica.
2019: el mismo mensaje con otro envoltorio
Para comprobar si el enfoque persistía, los investigadores incorporaron al análisis el informe Ageing Europe, publicado por Eurostat en 2019. Ese documento mantiene la preocupación por la sostenibilidad financiera de pensiones, salud y cuidados de larga duración ante una fuerza laboral en reducción.
El propio informe define el envejecimiento activo como una política orientada a ayudar a las personas a «seguir al mando de sus propias vidas el mayor tiempo posible» y, cuando sea posible, a contribuir a la economía y a la sociedad. Para los investigadores, esa frase confirma dos cosas: que el término seguía en uso siete años después de 2012 y que la autonomía seguía ligada a una mirada de recursos y contribución.
El lenguaje del documento de 2019 es, sin embargo, más suave. La directora general de Eurostat describe jubilaciones atravesadas por nuevas aficiones, deporte, aprendizaje, voluntariado, viajes o empleo a tiempo parcial, y sostiene que seguir activo y conservar los contactos sociales puede ayudar a mantener la salud física y mental y favorecer una jubilación más feliz. Según los autores, la obligación social aparece atenuada y pesan más los beneficios individuales.
El riesgo de definir quién envejece «bien»
El estudio concluye que, pese a ese cambio de tono, persiste la lógica de vincular el buen envejecer con la productividad, la autonomía y la salud. Según Sørensen y sus coautores, el riesgo de ese lenguaje es que la figura de la «buena» persona mayor quede definida por su capacidad de seguir siendo productiva, autónoma y saludable bajo criterios que responden, en última instancia, a objetivos fiscales y económicos de la Unión Europea.
Lo que queda sin resolver es la pregunta que el estudio no hace explícita pero que flota sobre cada página: qué lugar ocupa en esa narrativa quien no puede trabajar más, quien necesita cuidados, quien envejece sin autonomía. La política del envejecimiento activo, tal como fue construida, parece no tener respuesta para ellos.
