La inteligencia artificial enfrenta su peor imagen pública en Estados Unidos: Sam Altman, CEO de OpenAI, admitió el fenómeno y propuso alejar los centros de datos de las zonas pobladas. Una encuesta de Gallup revela que 7 de cada 10 estadounidenses rechazan estas instalaciones cerca de sus hogares
Sam Altman volvió a quedar en el centro de la escena tecnológica al reconocer, sin rodeos, que la sociedad estadounidense le dio la espalda a uno de los pilares de su negocio. «Claramente, la gente odia los centros de datos, al menos por ahora. La gente tiene una visión bastante negativa de la IA», confesó el CEO de OpenAI en una entrevista con la revista Time, en la que también fue tapa esta semana.
La frase llega en un momento especialmente incómodo para la compañía: mientras Altman admitía el rechazo social, OpenAI planea invertir 50.000 millones de dólares en infraestructura de cómputo durante este año, y apenas días antes de la entrevista se conoció la salida de Chris Malone, el hasta entonces jefe de centros de datos de la empresa, en medio de una reorganización del área de infraestructura confirmada por la propia compañía.
«Debemos ser respetuosos»: la respuesta de Altman a las protestas
Consultado sobre la creciente oposición vecinal, Altman defendió una salida territorial al conflicto: instalar los centros de datos en zonas alejadas y con baja densidad de población. «Debemos ser respetuosos con lo que quieren las comunidades«, sostuvo, y remarcó que la extensión geográfica de Estados Unidos permite encontrar terrenos despoblados para levantar estas plantas.
Según explicó, a diferencia de otras infraestructuras industriales, los data centers tienen una ventaja estructural: pueden procesar información en un punto geográfico específico y enviar los resultados a usuarios de cualquier parte del mundo a través de redes digitales, sin necesidad de estar cerca de las ciudades que consumen ese servicio.
Altman fue más allá y comparó el actual rechazo social con la resistencia histórica hacia las centrales nucleares. «Entiendo emocionalmente por qué la gente no quiere un centro de datos en su patio trasero, de la misma manera que yo tampoco quiero una planta nuclear al lado de mi casa, aunque sepa que es algo absolutamente seguro», había señalado el ejecutivo en una entrevista previa. Incluso llegó a admitir, en un evento de BlackRock en Washington, que «la IA no es muy popular en Estados Unidos en este momento«.
Los números que explican el rechazo: la encuesta de Gallup
El diagnóstico de Altman no es una percepción aislada. Una encuesta de Gallup, difundida en mayo de este año, reveló que el 71% de los estadounidenses se opone a la construcción de centros de datos de IA en su zona, y que casi la mitad —un 48%— se declara «fuertemente en contra». Apenas un 27% se manifestó a favor, y solo un 7% lo hizo con convicción.
El relevamiento, realizado entre 1.000 adultos y considerado el primero de este tipo hecho por la consultora, encontró además una brecha política: la oposición llega al 56% entre los votantes demócratas, al 48% entre los independientes y al 39% entre los republicanos, lo que confirma que el rechazo a estas instalaciones se transformó en un fenómeno bipartidario.
Entre los motivos principales que citan los opositores aparecen:
- El consumo excesivo de electricidad y agua (mencionado por la mitad de los encuestados)
- La contaminación (16%)
- El impacto en el costo de vida y las tarifas eléctricas (20%)
- El tráfico, el uso del suelo y la pérdida de calidad de vida en el barrio
- La escasa generación de empleo permanente en relación con la magnitud de las obras
Un dato que resume la magnitud del fenómeno: distintos analistas señalan que el nivel actual de rechazo social a los centros de datos superaría en unos diez puntos al pico histórico de oposición a las plantas nucleares en Estados Unidos, un antecedente que el propio Altman utilizó como comparación.
Un negocio de miles de millones frenado por el «no en mi patio»
La resistencia vecinal ya tiene consecuencias económicas concretas para las grandes tecnológicas. Según relevamientos citados por medios especializados, al menos 48 proyectos de centros de datos, que representan una inversión de 156.000 millones de dólares, fueron bloqueados o postergados por la presión de comunidades locales en distintos estados.
En paralelo, OpenAI continúa expandiendo Stargate, el ambicioso proyecto de infraestructura lanzado junto a SoftBank, que contempla inversiones de hasta 500.000 millones de dólares en Estados Unidos y que ya acumula seis sitios anunciados en el país, además de la planta insignia de Abilene, en Texas, con un objetivo combinado cercano a los 7 gigavatios de capacidad.
Qué son los centros de datos y por qué generan tanto rechazo
Los data centers son instalaciones que agrupan servidores, sistemas de almacenamiento, cableado y equipos de red donde se alojan, procesan y distribuyen los datos que sostienen aplicaciones móviles, plataformas de video y, cada vez más, los modelos de inteligencia artificial. Emmanuel Ferrario, columnista de Infobae en Vivo, los describió como «fábricas de computadoras» que funcionan como el soporte material de una tecnología que promete transformar buena parte de la economía.
El problema, coinciden distintos especialistas, es la escala: un centro de datos mediano puede llegar a consumir en un solo día recursos —electricidad y agua— equivalentes a los de una ciudad de entre 30.000 y 50.000 habitantes. Algunas instalaciones de gran porte, como un proyecto de Meta de 800 millones de dólares en Cheyenne, Wyoming, tienen una demanda eléctrica proyectada que superaría el consumo combinado de todos los hogares del estado. A esto se suman el ruido de los generadores, la ocupación de suelo y los residuos electrónicos, factores que alimentan el malestar vecinal.
Estados Unidos y Europa, cada vez más restrictivos
El fenómeno ya modificó el mapa regulatorio. En Estados Unidos, donde funcionan unos 5.500 centros de datos, 42 de los 50 estados cuentan hoy con normas que limitan, condicionan o exigen revisiones especiales para nuevos proyectos. Estados como Texas y Nueva York figuran entre los que debatieron o aplicaron medidas concretas para frenar autorizaciones, mientras gobernadores de distinto signo político empezaron a impulsar acciones ejecutivas frente al reclamo de sus votantes.
El país había proyectado sumar cerca de 4.000 nuevas instalaciones en tres años, pero ese ritmo se desaceleró por la falta de mano de obra especializada, las trabas en el suministro de chips y las limitaciones de la red eléctrica para abastecer una demanda que crece a un ritmo inédito.
En Europa, el debate tomó matices propios. Francia, con una matriz energética apoyada en la energía nuclear, enfrenta menos presión por la disponibilidad eléctrica, mientras que Alemania avanzó con normas para reutilizar el calor residual de los centros de datos en sistemas de calefacción urbana, una vía intermedia entre el desarrollo tecnológico y la demanda ambiental de sus ciudadanos. Dinamarca, por su parte, directamente congeló nuevas conexiones a la red eléctrica para futuros proyectos de este tipo.
La imagen de Altman, en el centro del debate
Más allá de la discusión sobre la ubicación de las plantas, el propio Altman quedó envuelto en polémicas por sus declaraciones sobre el impacto ambiental de la IA. El ejecutivo llegó a calificar de «completamente falsas» las acusaciones sobre el consumo de agua de ChatGPT, en contraste con estimaciones de organizaciones especializadas que sostienen que los grandes centros de datos pueden requerir hasta cinco millones de galones de agua por día, un volumen comparable al de una ciudad de 50.000 habitantes.
«Miren, creo que existe una caricatura de mí», reconoció el CEO ante Time, consciente del desgaste de su imagen pública en momentos en que OpenAI enfrenta además cuestionamientos por la seguridad de sus modelos y una consolidación de posición de mercado que la acerca a una valuación de más de un billón de dólares de cara a una eventual salida a bolsa.
Lo cierto es que la propuesta de Altman —correr los centros de datos lejos de las ciudades— no resuelve por sí sola los desafíos técnicos de fondo: estas plantas seguirán necesitando redes eléctricas de alta capacidad, conectividad estable y sistemas de refrigeración, aunque estén a cientos de kilómetros de la primera vivienda. La discusión, lejos de cerrarse, promete marcar buena parte de la agenda tecnológica y política de lo que resta del año.
