Suelos agotados: el plan urgente para recuperar la fertilidad del campo argentino

Especialistas internacionales advirtieron que la agricultura argentina extrajo 4,5 millones de toneladas de fósforo más de las que repuso en 30 años y plantearon las claves para revertir la pérdida de resiliencia de los suelos frente al cambio climático

El diagnóstico es contundente y llega desde la ciencia: los suelos argentinos están perdiendo su capacidad de respuesta frente al clima, y el reloj corre. Así lo advirtieron dos especialistas internacionales durante el Congreso Aapresid 2026, quienes coincidieron en que el deterioro todavía puede revertirse, pero que el cambio debe empezar ahora.

El costo oculto de tres décadas de extracción

El brasileño Leonardus Vergütz, Chief Scientific Officer de OCP Nutricrops, fue categórico: “es posible revertir el daño de los suelos argentinos”, aunque remarcó que “el cambio es urgente y necesario”. Según explicó, el país cuenta con tierras de altísima fertilidad natural que, sin embargo, fueron sometidas durante décadas a una extracción de nutrientes muy superior a la reposición, con el fósforo como protagonista del desequilibrio.

“Argentina tiene suelos óptimos y fértiles, pero extrajo durante décadas más fósforo del que repuso”, sostuvo Vergütz, quien vinculó ese proceso con tres consecuencias directas: menor sustentabilidad agrícola, caída de la productividad y una reducción en la capacidad de secuestro de carbono de los suelos.

El consultor en fertilidad Fernando García aportó la cifra que resume el problema: “Le sacamos al suelo alrededor de 4.5 millones de toneladas de fósforo” en los últimos 30 años. Aunque en las últimas campañas la reposición trepó a cerca del 60%, el balance sigue siendo negativo. Otros relevamientos del sector, como los de Fertilizar Asociación Civil, confirman ese diagnóstico: en la actualidad, tanto el nitrógeno como el fósforo se reponen apenas en un 58% a 60% de lo que los cultivos extraen del suelo cada campaña, mientras que otros nutrientes esenciales presentan porcentajes todavía menores.

A escala territorial, el problema se traduce en números concretos: distintos especialistas del sector calculan que el país pierde cerca de 6 kilos de fósforo por hectárea por año, lo que —multiplicado por las más de 30 millones de hectáreas agrícolas— equivale a cientos de miles de toneladas del nutriente que no vuelven al suelo cada campaña.

“Gastamos la resiliencia de la agricultura argentina en general, especialmente frente al cambio climático”, resumió Vergütz, y agregó un dato que preocupa a los técnicos: Argentina se ubica entre los países con las menores tasas de reposición de fósforo del mundo, una situación que golpea no solo el rendimiento de los cultivos sino también la materia orgánica y la estructura física del suelo.

La regla de las “4R”: qué, cuánto, cuándo y cómo fertilizar

Para salir de ese círculo, el especialista de OCP Nutricrops propuso ordenar la estrategia detrás de las llamadas “4R”, un esquema que define qué nutriente, en qué dosis, en qué momento y de qué forma debe aplicarse en cada lote.

“Cuando las 4Rs se aplican de manera conjunta, no sólo se puede producir más, sino también ganar más”, afirmó Vergütz. La lógica detrás del modelo busca correr a la fertilización del lugar de simple herramienta para elevar rindes y convertirla en parte de una estrategia integral de salud del suelo, con beneficios que incluyen menores pérdidas de nutrientes y mejor aprovechamiento de los recursos aplicados.

Qué significa, en la práctica, un suelo “resiliente”

La otra gran voz del congreso fue la de Cristine Morgan, directora científica del Soil Health Institute de Estados Unidos, quien planteó que el buen manejo del suelo genera resiliencia agrícola. Morgan definió la salud del suelo como su capacidad de “funcionar bien para cumplir un propósito” y detalló cinco principios de manejo que recomienda replicar en cualquier sistema productivo:

  • Reducir la perturbación física del suelo (menos remoción, más siembra directa)
  • Mantener raíces vivas la mayor cantidad de días posible durante el año
  • Proteger la superficie del suelo con cobertura vegetal o rastrojo
  • Incorporar diversidad de especies y rotaciones
  • Integrar el pastoreo como herramienta de manejo, no como amenaza

La especialista insistió además en la necesidad de medir los resultados de esas prácticas y comunicarlos a productores, cadenas de suministro, responsables de políticas públicas e inversores. Entre los indicadores que recomienda monitorear se destacan el carbono orgánico, la capacidad de retención de agua, el potencial de mineralización del carbono y la estabilidad de los agregados del suelo.

“Todos los suelos pueden ser sanos, pero su expresión puede ser diferente”, aclaró Morgan, para quien cada ambiente productivo necesita mediciones propias, aunque comparables a mayor escala. Su conclusión resumió el espíritu de ambos paneles: “Cuando pienso en un suelo sano, pienso en resiliencia, porque nos proporciona un amortiguador frente al clima”.

Un problema que excede a la Argentina

La advertencia local se enmarca en un fenómeno global. Según estimaciones de la FAO, cerca de 1.700 millones de personas en el mundo viven en zonas donde el rendimiento de los cultivos ya cayó al menos un 10% por la degradación de las tierras causada por el hombre, y un tercio de los suelos del planeta se encuentra hoy degradado. El organismo calcula además que, sin una gestión sostenible, el mundo podría enfrentar hacia 2050 un déficit de tierras agrícolas equivalente al doble de la superficie de la India.

En América Latina y el Caribe, la propia FAO advirtió que tres cuartas partes de los suelos de la región están en riesgo, con pérdidas económicas que podrían superar los USD 60.000 millones anuales. La contracara es una oportunidad: bien gestionados, los suelos de la región tienen potencial para mitigar entre el 12% y el 48% de las emisiones netas de gases de efecto invernadero de América Latina, gracias a su capacidad de secuestro de carbono.

La urgencia detrás del diagnóstico

El mensaje de fondo que dejaron ambos especialistas en Aapresid 2026 es claro: la ventana para actuar sigue abierta, pero se va cerrando. Reponer lo extraído, aplicar el esquema de las 4R, reducir la perturbación del suelo y medir los resultados de cada práctica aparecen como los pilares de una estrategia integral que busca algo más que sostener rindes: recuperar la capacidad del suelo argentino de amortiguar los efectos cada vez más intensos del cambio climático.