La chilena que desafía a la ciencia: un microrreactor nuclear para reemplazar el diésel en el fin del mundo
María Javiera Valenzuela, estudiante chilena de 17 años, sorprendió a la comunidad científica internacional con un proyecto que combina energía nuclear de última generación con fuentes renovables para abastecer las bases antárticas. Su propuesta podría evitar la emisión de casi 3.000 toneladas de CO2 al año y ya la convirtió en una de las jóvenes más influyentes del ámbito STEM en Latinoamérica.
En uno de los ambientes más hostiles del planeta, donde el viento puede superar los 200 kilómetros por hora y el sol desaparece durante meses, una adolescente decidió repensar cómo se genera la energía. María Javiera Valenzuela, alumna de tercero medio del Liceo Experimental Manuel de Salas de Santiago, desarrolló un proyecto que integra microrreactores nucleares de cuarta generación con paneles solares y aerogeneradores para alimentar las bases científicas del continente blanco.
Su iniciativa, presentada en la Feria Antártica Escolar 2026 de Chile, no solo llamó la atención de especialistas locales: en las últimas semanas fue replicada por medios internacionales que la describen como una de las voces jóvenes más prometedoras en el campo de la ingeniería nuclear aplicada a la sostenibilidad.
El problema que nadie quiere nombrar: el diésel antártico
Las bases científicas de la Antártida dependen casi por completo de generadores diésel para producir electricidad y calefacción. Cada base grande puede requerir decenas de miles de litros de combustible por temporada, trasladados en barcos y aviones a un costo logístico y ambiental enorme. La quema de ese combustible no solo libera dióxido de carbono, sino también carbono negro (hollín), un contaminante que se deposita sobre la nieve, oscurece su superficie y acelera el derretimiento de los glaciares.
Las energías renovables ya presentes en algunas estaciones —como paneles solares y turbinas eólicas— ayudan, pero son insuficientes: durante el invierno polar, la falta de luz solar y la variabilidad del viento hacen imposible garantizar un suministro eléctrico constante durante todo el año.
La propuesta: una microrred con «corazón» nuclear
Frente a ese vacío, Valenzuela ideó un sistema híbrido: una microrred que combina energía solar y eólica con un microrreactor nuclear alimentado con combustible TRISO, una tecnología de nueva generación diseñada para operar de forma segura en zonas remotas, con recarga poco frecuente y sin necesidad de una red eléctrica convencional.
La lógica del diseño es simple pero ambiciosa: las renovables generarían electricidad cuando las condiciones climáticas lo permitan, mientras que el microrreactor funcionaría como fuente de carga base, es decir, la columna vertebral energética que asegura electricidad ininterrumpida incluso en la oscuridad del invierno antártico.
«El objetivo es disminuir progresivamente el consumo de combustibles fósiles, permitiendo por ejemplo evitar aproximadamente 2.952 toneladas de dióxido de carbono al año, tomando como referencia una base grande, y protegiendo así este frágil ecosistema mediante una alternativa que además resulta económicamente comparable en un horizonte de 20 a 30 años», explicó la propia Valenzuela.
Según distintas coberturas internacionales del proyecto, la cifra estimada de reducción de emisiones ronda entre las 2.952 y las 3.254 toneladas de CO2 anuales, dependiendo del escenario de cálculo utilizado, un volumen equivalente a sacar de circulación a cientos de automóviles durante un año.
¿Es viable un reactor nuclear en la Antártida?
La idea, aunque atractiva, choca con una barrera histórica y legal. El Tratado Antártico de 1959, firmado por doce países entre ellos Chile, establece en su Artículo V que quedan prohibidas toda explosión nuclear y la eliminación de desechos radiactivos en el continente. La norma no veta explícitamente el uso pacífico de reactores para generación eléctrica, pero cualquier iniciativa de este tipo debería sortear un complejo entramado de regulaciones ambientales, evaluaciones de impacto y el consenso de las partes del tratado.
De hecho, la Antártida ya tuvo su propia experiencia nuclear: entre 1962 y 1972, la base estadounidense de McMurdo operó el reactor PM-3A, que llegó a generar más de 78 millones de kWh de electricidad y produjo agua dulce mediante desalinización. Sin embargo, los sobrecostos, las fallas técnicas y la inexperiencia en ese entorno extremo obligaron a desmantelarlo, y desde entonces la base volvió a depender de generadores diésel. Ese antecedente histórico es justamente el que expertos citan como advertencia —y también como aprendizaje— frente a cualquier nuevo intento de instalar tecnología nuclear en el continente.
Por eso, especialistas consultados por distintos medios subrayan que el proyecto de Valenzuela debe entenderse como una propuesta conceptual y educativa, que aún requeriría evaluación científica, marcos regulatorios internacionales y décadas de desarrollo tecnológico antes de convertirse en una instalación real.
De un correo electrónico a la NASA
El recorrido científico de Valenzuela comenzó casi por casualidad: una invitación del programa Niñas Pro llegó al correo de su madre cuando ella cursaba primero medio. Desde entonces acumuló 14 certificaciones en cursos, hackatones y competencias científicas de alto nivel.
Entre sus logros más destacados figura el primer lugar en la categoría principiante del NASA Space Apps Challenge 2025, junto a su equipo Stellar Minds. También fue una de las 16 seleccionadas a nivel nacional para el programa de talentos atomZOOM, de la Comisión Chilena de Energía Nuclear (CCHEN), y participó del Bootcamp Internacional de Ingeniería Nuclear 2026, instancia que reunió a treinta estudiantes secundarios para formarse en reactores avanzados, aplicaciones de la radiación y transición energética.
«La clave es atreverse y romper los estereotipos que se nos tienen impuestos», aseguró la joven, que además utiliza sus redes sociales para divulgar ciencia y motivar a otras adolescentes a acercarse a carreras STEM. Su referente declarada es la divulgadora chilena Teresa Paneque, y su meta a futuro es estudiar ingeniería para seguir trabajando en soluciones energéticas y medioambientales.
Un símbolo de la nueva generación científica
Más allá de la viabilidad técnica inmediata de su propuesta, el proyecto de María Javiera Valenzuela se inserta en una tendencia global: la búsqueda de sistemas energéticos híbridos —que combinan renovables con fuentes de respaldo confiables— para abastecer zonas remotas sin acceso a redes eléctricas convencionales. Iniciativas similares, como los sistemas solar-nucleares que universidades españolas y británicas prueban actualmente para misiones espaciales, muestran que esta combinación tecnológica ya no es ciencia ficción, sino un campo de investigación activo en distintas partes del mundo.
Con apenas 17 años, la estudiante chilena demuestra que las grandes preguntas sobre el futuro energético del planeta también pueden nacer en un aula de secundaria. Y que, como ella misma repite, «atreverse» puede ser el primer paso hacia una revolución científica.
