Un estudio reveló que casi nueve millones de tortugas carey fueron cazadas entre 1844 y 1992 para fabricar objetos con sus caparazones. Hoy la especie sigue en peligro crítico de extinción, con poblaciones en declive, comercio ilegal y arrecifes de coral en riesgo.
Durante casi un siglo y medio, el caparazón de la tortuga carey fue una mercancía de lujo. Peines, anillos y adornos de carey terminaron en vitrinas y tocadores de todo el mundo. El costo fue enorme: un estudio basado en datos de los océanos Atlántico, Pacífico e Índico estimó que se cazaron casi nueve millones de tortugas de carey por sus caparazones entre 1844 y 1992, es decir, a lo largo de 148 años.
La cifra obliga a revisar lo que se sabía. Los trabajos previos sobre el comercio de esta especie, de 1987 y 1989, habían sido recogidos por un informe de la UICN de 2008, que calculaba unos 1,4 millones de animales capturados entre 1950 y 1992. El nuevo análisis, difundido por National Geographic, muestra que la magnitud de la matanza fue mucho mayor.
Una historia de siglos
La explotación de la carey no empezó en el siglo XIX. Ya los antiguos romanos modelaban sus escamas para fabricar peines y anillos. Lo que cambió con la revolución del comercio global fue la escala. El principal destino de los productos de carey fue Japón, y la demanda sostenida llevó a las poblaciones silvestres a un colapso progresivo.
Del auge al peligro crítico
Con el auge del comercio, las poblaciones silvestres comenzaron a disminuir rápidamente y, en 2008, la UICN declaró a la especie en peligro crítico de extinción. Según la organización de conservación citada por el portal Solution Search, se trata de una pérdida de más del 80% de la población en tres generaciones.
Las estimaciones sobre cuántas quedan varían según la fuente y el método. National Geographic informó que este año quedan menos de 25.000 ejemplares. Otras fuentes hablan de unas 15.000 hembras adultas. En el Pacífico Oriental el panorama es todavía más delicado: se estima que hay menos de 700 hembras anidadoras en toda la región.
El comercio que no termina de cerrarse
La tortuga carey figura en el Apéndice I de CITES, la categoría de máxima protección, que prohíbe su comercio internacional. Sin embargo, el problema persiste. Aunque el comercio internacional está prohibido, el mercado nacional de Japón no coopera con la recuperación de la especie, y el comercio doméstico también es legal en Granada y Palaos. En las calles de Enoshima, en Japón, aún se exhiben collares y otros artículos hechos con caparazón de carey.
Por qué importa: un engranaje de los arrecifes
La carey no es solo una especie emblemática: cumple una función ecológica. Es la más tropical de las tortugas marinas y es más común en arrecifes coralinos, donde las esponjas constituyen una parte muy importante de su dieta. Al alimentarse de esponjas, contribuye al equilibrio de los arrecifes de coral, ecosistemas de los que dependen la pesca, el turismo y miles de comunidades costeras.
Una especie de crecimiento lento
Recuperarla es una tarea de décadas. Se estima que las tortugas carey necesitan entre 20 y 40 años para alcanzar la madurez, y miden hasta 90 centímetros, por lo que están entre las más pequeñas de las tortugas marinas. Cada hembra adulta que se pierde representa una generación que tardará mucho en reemplazarse. Los científicos también estudian uno de los grandes enigmas de las tortugas marinas: qué ocurre con las crías desde que ingresan al mar hasta que, unos 20 años después, regresan a anidar.
Qué se está haciendo
Los esfuerzos de conservación se multiplican. En febrero de 2024, la Convención sobre las Especies Migratorias adoptó en Samarcanda un plan de acción específico para la carey en el Sudeste Asiático y el Pacífico Occidental, región donde el uso y el comercio fueron identificados como las amenazas clave. El plan además fue recibido con beneplácito por una resolución de CITES.
También avanza la tecnología. Una aplicación llamada SEE Shell, que usa inteligencia artificial e imágenes georreferenciadas, identifica productos ilegales hechos con caparazones de tortuga con más de 90% de precisión.
En América Latina, los proyectos de monitoreo y protección de nidos se concentran en playas de Ecuador, Costa Rica, El Salvador, México y Colombia. En este último país, un informe del Instituto Humboldt de 2016 ubica a la carey entre las especies en peligro crítico.
El contraste con la tortuga verde
Hay motivos para el optimismo, aunque no alcanzan a la carey. En octubre de 2025, la UICN reclasificó a la tortuga verde de «En Peligro» a «Preocupación Menor», tras un aumento global de su población de alrededor del 28% desde la década de 1970. El organismo atribuyó la mejora a décadas de protección de hembras y nidos, reducción de la caza y el comercio ilegal, y uso de dispositivos excluidores en las pesquerías. La carey, en cambio, sigue catalogada como en peligro crítico a nivel global.
El desafío
Evitar la extinción de la tortuga carey depende de tres frentes: cerrar los mercados que todavía aceptan el carey, proteger las playas de anidación y reducir las amenazas en el mar. El caso de la tortuga verde demuestra que la recuperación es posible, pero exige cooperación internacional sostenida durante décadas. Para la carey, el reloj sigue corriendo.
