Una bajante histórica del río expuso el daño silencioso que acumula el fondo de una de las maravillas naturales más visitadas del planeta. Lo que los turistas llaman tradición, los especialistas lo llaman contaminación.
Una marcada disminución en el caudal del río Iguazú dejó expuesto parte del lecho en la zona de la Garganta del Diablo, del lado brasileño. Allí, durante un operativo de limpieza realizado por el Parque Nacional do Iguaçu junto a voluntarios y personal de la concesionaria Urbia+Cataratas, aparecieron 383 kilos de monedas acumuladas bajo el agua.
El descenso del caudal a unos 500 mil litros por segundo —muy por debajo del promedio habitual de 1,5 millones— permitió a los equipos acceder a zonas del lecho normalmente inaccesibles y llevar adelante la intervención el pasado 15 de abril.
Un ritual que mata
La escena impactó incluso a los operarios más experimentados. La práctica de arrojar monedas, muy extendida del lado brasileño, genera daño ambiental y atenta contra la vida de la fauna del Parque Nacional Iguazú.
El principal problema está relacionado con los materiales que componen las monedas. Al permanecer sumergidos durante mucho tiempo, los metales comienzan a oxidarse y liberan sustancias contaminantes que alteran la calidad del agua. Ese proceso afecta directamente a las especies que habitan el río y modifica el equilibrio natural del ambiente.
Además, varios animales acuáticos pueden confundirlas e ingerirlas accidentalmente, lo que puede provocar lesiones internas, problemas digestivos e incluso la muerte de peces y otras especies presentes en el área protegida.
Uno de los operarios que participó del despliegue fue contundente: «Desafortunadamente, las personas vienen aquí, en vez de disfrutar de todo el paisaje y vivir el momento, terminan teniendo la superstición de que si arrojan una moneda y piden un deseo, éste se cumplirá. Esto causa un impacto ambiental bastante grave».
No solo monedas
Durante el operativo de limpieza también se retiraron botellas, tapas y pequeños dispositivos electrónicos. Las pilas, por ejemplo, pueden liberar metales pesados y sustancias tóxicas altamente peligrosas para el ambiente. A eso se suma la presencia de plásticos, que tardan décadas en degradarse.
André Franzini, gerente de sostenibilidad de Urbia+Cataratas, fue directo: «Lanzar monedas a las Cataratas del Iguazú representa un riesgo para el medio ambiente«. Según detalló, gran parte del material retirado ya presentaba corrosión avanzada por la prolongada exposición al agua.
Prohibido, pero ignorado
La costumbre de lanzar monedas en busca de suerte sigue siendo común entre turistas. Sin embargo, esta práctica está prohibida dentro del Parque Nacional Iguazú. El sitio cuenta con normas estrictas para proteger flora, fauna y cursos de agua por tratarse de un Patrimonio Natural Mundial reconocido por la UNESCO.
Desde Urbia+Cataratas remarcaron que «regularmente es necesario realizar la limpieza por la práctica de algunos visitantes, aún con cartelería en el lugar y el monitoreo de comportamientos repetidos».
El destino del «tesoro»
Las monedas recuperadas serán clasificadas. Las que todavía puedan reutilizarse se destinarán a proyectos ambientales y programas de educación ecológica vinculados al Instituto Chico Mendes para la Conservación de la Biodiversidad. El resto, corroído e inservible, probablemente quede fuera de circulación. Ni los deseos sobreviven a la corrosión.
Los elementos altamente contaminantes como pilas y restos electrónicos recibirán un tratamiento de residuos peligrosos para evitar que sigan dañando las napas y el suelo de la selva misionera.
El operativo deja una pregunta abierta que va mucho más allá de las Cataratas: ¿cuánto le cuesta al planeta la superstición humana?
