Plástico en el Mediterráneo: el 74% de las tortugas marinas lleva basura en su cuerpo

La Fundación CRAM reveló que tres de cada cuatro tortugas atendidas en 2025 presentaban residuos plásticos en su sistema digestivo o llegaron enmalladas en desechos marinos. Los datos confirman una crisis de contaminación que ya afecta a toda la cadena alimentaria.

El Mediterráneo está enfermo de plástico. No es una metáfora: es la conclusión que emerge de los datos recogidos durante 2025 por la Fundación para la Conservación y Recuperación de Animales Marinos (CRAM), cuyas cifras describen un escenario que debería alarmar a cualquiera que consuma productos del mar o beba agua del grifo.

Según el informe difundido por la entidad, el 74% de las tortugas marinas atendidas en su Área de Clínica y Rescate presentaron presencia confirmada de residuos plásticos, ya fuera en heces, contenido digestivo, o porque llegaron directamente atrapadas en artes de pesca o basura flotante. El número no es una estadística fría: detrás de cada porcentaje hay un animal con el estómago obstruido, con inflamaciones crónicas, con la supervivencia comprometida.

74% tortugas con plástico en el cuerpo

98 ejemplares atendidos en 2025

43 de 58 muestras con restos plásticos

4 cirugías de amputación por enmallamiento

El caso que lo dice todo: una cría de un año con el intestino lleno de plástico

Entre los casos documentados por la Fundación CRAM, dos resultan especialmente elocuentes. El primero es el de «Pepe», tortuga número 14 ingresada el año pasado, que llegó al centro con una acumulación anormal de gas en el aparato digestivo. La endoscopia de urgencia reveló un fragmento de plástico de gran tamaño alojado en su estómago. En los días siguientes, el animal expulsó una considerable cantidad de residuos, entre ellos el tapón de una botella de plástico.

El segundo caso es aún más revelador. Una cría de tortuga que apenas tenía un año de vida expulsó, durante su recuperación, una cantidad significativa de plástico. La conclusión de los investigadores es contundente: la exposición al mar durante tan solo unas semanas es suficiente para que una tortuga ingiera residuos plásticos. El océano ya no es un hábitat limpio. Es, en muchos tramos, un vertedero en disolución.

Daño físico, daño químico: un doble veneno

Los efectos de la ingesta de plástico sobre las tortugas marinas van mucho más allá de una simple obstrucción. Los veterinarios de la Fundación CRAM identificaron en los ejemplares tratados cuadros de enteritis severa, una inflamación intestinal que genera dolor crónico, anorexia y deterioro del sistema inmunitario. A eso se suman las obstrucciones digestivas, las alteraciones nutricionales y el debilitamiento general del organismo.

Pero el peligro no termina ahí. El plástico actúa como un imán de contaminantes químicos: absorbe metales pesados y compuestos orgánicos persistentes que, una vez ingeridos por la tortuga, pasan a la cadena trófica. Lo que envenena al animal acaba, tarde o temprano, en el plato de quien come pescado o marisco.

De las 58 muestras de heces analizadas en tortugas en recuperación, 43 contenían restos plásticos identificables. En 5 de las 7 necropsias practicadas a ejemplares fallecidos también se detectaron residuos en el contenido digestivo. Aunque la Fundación CRAM precisa que el plástico no fue la causa directa de la muerte en esos casos, su papel como factor de daño crónico resulta innegable.

Enmalladas, amputadas: la otra cara de la contaminación marina

La contaminación por plásticos no solo mata desde adentro. Durante 2025, la Fundación CRAM atendió a 10 tortugas marinas enmalladas en artes de pesca abandonadas o en basura flotante. En cuatro de esos casos fue necesario practicar cirugías de amputación para salvar la vida del animal.

Ante esta realidad, los expertos de la entidad emiten una advertencia clara: si alguien encuentra una tortuga enredada en la costa o en el mar, no debe intentar retirar el material por su cuenta. El movimiento incorrecto puede agravar las lesiones. La instrucción es llamar de inmediato al 112 y dejar actuar a los equipos especializados.

Un bioindicador que no miente: el Mediterráneo en estado crítico

Las tortugas marinas son consideradas por la ciencia un bioindicador clave del estado de salud de los ecosistemas marinos. Su amplia distribución —habitan desde el fondo hasta la superficie y frecuentan distintos hábitats— las convierte en un espejo del nivel de contaminación general del océano. Lo que acumulan en su cuerpo refleja, con precisión brutal, lo que hay en el agua.

El año 2025 fue el de mayor número de ingresos en la historia reciente de la Fundación CRAM: 98 ejemplares de tortuga, entre ellos 95 de la especie Caretta caretta (tortuga boba), una verde (Chelonia mydas) y dos tortugas laúd (Dermochelys coriacea), cuya atención en vivo resultó un hecho inédito para el centro.

Desde su fundación, la entidad ha atendido a más de 1.400 tortugas marinas y más de 720 cetáceos. La tendencia ascendente no habla de una mejora en los protocolos de rescate: habla de un mar cada vez más contaminado y de una fauna cada vez más dañada.

Un problema global que ya llegó a la mesa

La magnitud del desafío excede las costas del Mediterráneo. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los plásticos representan entre el 60 y el 80% de todos los residuos marinos del planeta. Y el problema se agrava con el tiempo: los macroplásticos visibles se fragmentan progresivamente en mesoplásticos, microplásticos y nanoplásticos, partículas tan pequeñas que los organismos marinos las ingieren sin posibilidad de discriminarlas.

Esa contaminación microscópica ya fue detectada en mariscos, en peces de consumo masivo y en el agua potable. El ciclo está cerrado: lo que tiramos al mar vuelve a nosotros.

La Fundación CRAM es categórica en su diagnóstico: el daño acumulado durante décadas no va a desaparecer en el corto plazo. Los residuos que llevan años en el fondo marino seguirán afectando a la fauna durante generaciones. La solución, advierten, exige algo más que buenas intenciones: «constancia, cooperación institucional, responsabilidad empresarial y compromiso ciudadano». Los datos de 2025 sugieren que la conciencia social avanza. Pero el plástico avanza más rápido.