La paradoja verde: la transición energética devora la Amazonia

Minerales críticos como el litio, el coltán y el niobio, codiciados por potencias globales para fabricar autos eléctricos y paneles solares, están impulsando una nueva ola de minería ilegal que arrasa territorios indígenas y alimenta grupos armados en el corazón del Amazonas.

La carrera mundial por un futuro limpio tiene un reverso oscuro y selvático. La cuenca del Amazonas, considerada el mayor sumidero de carbono y bastión de biodiversidad del planeta, está en el centro de otra agenda global: la carrera por los minerales críticos y los elementos de tierras raras. A medida que los países aceleran hacia la descarbonización, crece la demanda de metales esenciales para la energía limpia, como el litio, el níquel, el cobre, el cobalto y otros utilizados en paneles solares, vehículos eléctricos, y armas.

Pero la paradoja es brutal. Esta fiebre por los llamados «minerales verdes» expone una contradicción: la transición a un futuro con bajas emisiones de carbono podría acelerar la destrucción del medio ambiente, dañar a las poblaciones locales y debilitar las regulaciones en una de las regiones más vulnerables del planeta.

Una nueva fiebre con viejos depredadores

La transición energética global, combinada con el aumento de presupuestos de defensa y el desarrollo tecnológico, ha creado una demanda sin precedentes de elementos de tierras raras y minerales críticos. Estos son componentes esenciales en baterías de vehículos eléctricos, turbinas eólicas, paneles solares, sistemas de defensa y aeroespaciales como misiles, municiones antiblindaje, visores nocturnos y motores de aviones.

En los remotos rincones de Guainía, comunidades indígenas como los Puinave se ven atrapadas en la minería ilegal, una actividad que les permite sobrevivir, pero que amenaza con destruir la tierra que habitan. Con la merma del oro, los minerales estratégicos se levantan como una promesa de futuro. Sin embargo, esta nueva fiebre mineral, que promete ser menos contaminante que la minería de oro, podría conllevar riesgos ambientales y sociales de enormes dimensiones.

El crimen organizado toma posiciones

Las redes vinculadas al tráfico de cocaína, la tala ilegal y la minería se están expandiendo ahora para incluir los minerales más valiosos. En Colombia, las disidencias de las FARC y los grupos paramilitares controlan partes del comercio del oro y del coltán (columbita-tantalita). En la región brasileña de Tapajós, la minería ilegal está creciendo a pesar de operaciones como la del Escudo Yanomami.

En la primera entrega de la serie documental Amazon Underworld se muestra que grupos armados, entre ellos el ELN y la Segunda Marquetalia, se financian por medio de la extracción de estos minerales. Además, extraen ilegalmente los minerales en las zonas fronterizas de Venezuela y frecuentemente los traen para legalizarlos en Colombia.

La ruta del contrabando es sofisticada. Para legitimar minerales provenientes de Venezuela, los comerciantes emplean refinados esquemas de fraude documental. Utilizan documentación de mineros de subsistencia —a menudo de comunidades indígenas— haciendo parecer que los materiales fueron extraídos dentro de Colombia en lugar de contrabandeados desde Venezuela.

China en el centro del negocio

La arena gris-negruzca y las pequeñas piedras tamizadas de los sedimentos fluviales y extraídas de los hoyos perforados en la Amazonia son de valor desconocido para las comunidades locales, pero se envían rápidamente al extranjero, donde las refinerías chinas procesan una amplia variedad de minerales y tierras raras.

China está aprovechando su dominio en el procesamiento de minerales mediante controles de exportación; Estados Unidos se apresura a reconstruir las cadenas de suministro nacionales tras décadas de abandono; y la Unión Europea ha puesto en marcha su Ley de Materias Primas Críticas para garantizar la independencia estratégica.

Deforestación récord como saldo

El impacto ambiental es inconmensurable. La Iniciativa MAAP estima que entre 2019 y 2023 la huella de deforestación por minería creció en más de 944.000 hectáreas. Del total acumulado, más de la mitad ocurrió en Brasil (55%, con más de un millón de hectáreas), seguido de Guyana, Surinam, Venezuela y Perú.

En Brasil y Colombia, los grupos ilegales y las cooperativas informales desdibujan las fronteras entre lo legal y lo clandestino, lo que dificulta la supervisión. El aislamiento geográfico de la región empeora las cosas: puede llevar días acceder a algunos lugares en barco, con una señal digital inestable en el mejor de los casos.

Pueblos indígenas atrapados

Cerca del río Orinoco, varios hombres indígenas venezolanos, curripacos y piaroas, muestran piedritas negro-azuladas de coltán. «Se ve la diferencia en las pepitas entre el estaño y el coltán», explica uno de ellos, a quien llamaremos Josué, hablando casi con cariño de las piedras que ha extraído de la tierra durante más de una década. Durante años, Josué ocultó su trabajo en la Orinoquía venezolana, moviendo los minerales en canoa a través del río, por las noches, para encontrar compradores en Colombia.

La gran pregunta sin respuesta

El dilema es claro: cómo conciliar la demanda de minerales estratégicos —esenciales para la transición energética— sin destruir la integridad ecológica y social de la Amazonia.

Entre los esfuerzos recientes destaca el Panel de las Naciones Unidas sobre Minerales Críticos para la Transición Energética, que recomienda establecer un marco global de trazabilidad, transparencia y rendición de cuentas a lo largo de toda la cadena de valor de los minerales —desde la minería hasta el reciclaje— para fortalecer la debida diligencia y construir un mercado global responsable.

La Amazonia ya vivió los ciclos del caucho, la madera y la soja. Ahora enfrenta el más sofisticado de todos: uno donde la coartada es salvar el planeta.