El fin de los «químicos eternos»: convierten CO2 en energía limpia con residuos de mariscos

Investigadores de Singapur lograron transformar dióxido de carbono en combustibles industriales usando recubrimientos derivados de conchas de crustáceos y madera, sin recurrir a los tóxicos y persistentes compuestos fluorados que dominaron la tecnología durante décadas. El hallazgo, publicado en Nature Energy, podría redefinir la producción de energía limpia en plena crisis global de hidrocarburos.

Ciencia que nace del descarte

Un equipo de la National University of Singapore, dirigido por el profesor asistente Andrew Barnabas Wong, demostró que recubrir catalizadores de cobre con biopolímeros ultrafinos provenientes de conchas de crustáceos, madera y otros desechos orgánicos permite convertir CO2 en etileno y etanol con una selectividad del 90% hacia productos multicarbonados, a densidades de corriente de escala industrial.

El resultado no es menor: etileno y etanol son materias primas esenciales para la industria química, los plásticos y los combustibles. Obtenerlos directamente del gas invernadero más abundante del planeta, y hacerlo con materiales de descarte, representa un salto cualitativo en la carrera por la descarbonización.

El contexto que impulsó la urgencia de este tipo de investigación es preciso: las recientes interrupciones en el Estrecho de Ormuz restringieron cerca de una quinta parte del suministro global de petróleo, desatando lo que analistas describieron como la mayor crisis energética desde la década de 1970.

La trampa de los químicos eternos

Durante años, la conversión electroquímica de CO2 dependió de un material llamado Nafion, un compuesto de la familia de las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, conocidas globalmente como PFAS o «químicos eternos». Estos materiales, costosos y asociados con efectos adversos para el sistema inmunológico y mayor incidencia de ciertos tipos de cáncer, ya son objeto de regulación y restricción en todo el mundo debido a su persistencia ambiental.

El hallazgo de Wong y su equipo demuestra que esa dependencia era, en realidad, prescindible. Un recubrimiento biopolimérico de apenas dos a cinco nanómetros sobre el cobre puede replicar y superar los resultados del Nafion: los recubrimientos concentran CO2 cerca del catalizador, restringen la movilidad del agua y facilitan el transporte de iones, optimizando así la producción de etileno y etanol.

Del caparazón al laboratorio

Los materiales que hacen posible este salto tecnológico son, en principio, abundantes y baratos: celulosa, quitina y quitosano, derivados de conchas marinas, exoesqueletos de insectos, madera u hojas muertas. Al utilizar cobre unido con quitina, se logró una selectividad del 95% hacia productos multicarbonados, superando o igualando el desempeño de los electrodos con Nafion, a un costo radicalmente menor: el quitosano de alta pureza ronda los USD 50 por kilogramo, frente a un precio mil veces superior para el Nafion.

La brecha económica es tan pronunciada como la ambiental. Mientras el Nafion acumula regulaciones y restricciones en mercados clave, los biopolímeros provienen de flujos de residuos que hoy no tienen destino productivo.

Un proceso en dos pasos

Al integrar nanopartículas de cobre recubiertas con biopolímero y nanopartículas de plata en un sistema tándem, donde dos tipos de catalizadores actúan de forma secuencial para maximizar la eficiencia y la selectividad, el 90% de la corriente eléctrica se destinó a formar productos multicarbonados en condiciones industriales. Incluso al aumentar la densidad de corriente, la selectividad solo disminuyó al 83%.

Esa robustez ante exigencias productivas elevadas es, según los investigadores, uno de los indicadores más prometedores para una eventual aplicación industrial a gran escala.

Hacia la energía del futuro

La conversión electroquímica de CO2 integra tecnologías orientadas a producir combustibles y materias primas mediante el uso de electricidad renovable en lugar de petróleo. Si bien la tecnología aún se encuentra en etapas iniciales, la metodología basada en biopolímeros permite incrementar el rendimiento del catalizador al tiempo que sustituye los compuestos de alta persistencia ambiental por reemplazos abundantes y biodegradables obtenidos de flujos de desechos.

Las futuras investigaciones se enfocarán en ajustar la proporción de etanol y etileno obtenidos y en incrementar la estabilidad del proceso a largo plazo. De acuerdo con Wong, ya existen otras líneas de desarrollo en curso para potenciar los resultados descritos.

En un mundo donde la crisis energética tensiona la geopolítica y el cambio climático impone plazos cada vez más cortos, la posibilidad de fabricar combustible a partir de CO2 y cáscaras de camarón suena a ciencia ficción. Pero los datos publicados en Nature Energy indican que, esta vez, la realidad puede ir más rápido que la imaginación.