La casa que enseña a vivir: un argentino creó el primer hogar de entrenamiento para la vida independiente con discapacidad intelectual

Inclusión real, autonomía y trabajo: Juan Ignacio Acosta inauguró «Lo de Tono», una vivienda en Villa Luro donde jóvenes con discapacidad intelectual aprenden a vivir solos, gestionar un hogar e insertarse laboralmente, en un modelo inédito en la Argentina inspirado en España.

La pregunta que desvela a miles de familias argentinas tiene nombre y apellido: ¿qué será de mi hijo con discapacidad cuando yo no esté? Para Juan Ignacio Acosta, especialista en educación especial y magíster en vida independiente de personas con discapacidad, esa pregunta no es un callejón sin salida. Es, en cambio, el punto de partida de un proyecto que acaba de tomar forma concreta en el barrio porteño de Villa Luro.

La semana pasada, Acosta inauguró «Lo de Tono», una casa de dos pisos destinada a que jóvenes con discapacidad intelectual entrenen para vivir solos. La iniciativa, que se suma a la experiencia previa de «Casa Tao» en Villa Urquiza, forma parte de la ONG Despuntado y de la compañía de teatro inclusivo Las Ilusiones, que Acosta fundó en 2009 y que hoy reúne a unas 500 familias en siete sedes del AMBA.

Un modelo que viene de Europa

Acosta se especializó en vida independiente en España, donde los programas de viviendas tuteladas y residencias compartidas para personas con discapacidad tienen un desarrollo que en la Argentina todavía es incipiente. «El Estado invierte mucho en eso y en la inclusión laboral», señaló. «Acá no hay tantos recursos, tenemos que ser más creativos.»

La casa fue donada por Guillermo Cerviño y Maricel Lungarzo, colaboradores históricos de Las Ilusiones, y recibe su nombre en honor al tío de Maricel. En planta baja cuenta con sala común, cocina, living, galería y patio. En el primer piso hay tres habitaciones individuales con baños, sala, cocina y dos terrazas.

Aprender haciendo

El funcionamiento de Lo de Tono combina dos instancias. Durante el día operará como centro de formación con talleres abiertos. Por la tarde y la noche, tres jóvenes residirán en la casa, avanzando de manera gradual en el aprendizaje de tareas domésticas: cocinar, organizar el espacio, mantener el orden y manejar su propio tiempo. «Van a pasar por diferentes niveles hasta tener la llave de la casa para salir a trabajar, a ver amigos, a la familia y volver», explicó Acosta.

La estadía tiene una duración máxima de un año, con revisiones trimestrales, y el objetivo es que cada egresado salga con inserción laboral real en alguno de los cuatro oficios en los que se los capacita: asistente deportivo, auxiliar de maestranza, preceptor en arte y asistente de jardinería.

Sin trabajo, no hay independencia

Para Acosta, la ecuación es clara y no admite rodeos: «Sin trabajo no hay vida independiente». Y agrega que, si ya es difícil conseguir empleo en general, para una persona con discapacidad intelectual los obstáculos se multiplican. Por eso, la capacitación laboral no es un complemento del proyecto sino su columna vertebral.

El especialista también señala que el rol de las familias es determinante pero debe evolucionar. «A veces notás que hay una resistencia o un desconocimiento respecto a esa búsqueda de autonomía porque cuando hablás con un chico, el padre se apura a contestar por él», advirtió. Su diagnóstico es preciso: muchas personas con discapacidad crecen «en situación de pedir permiso» en lugar de «en situación de aprender». El cambio de paradigma, sostiene, comienza en el hogar y desde la infancia temprana.

El Estado, ausente

En la Argentina hay aproximadamente 6 millones de personas con alguna discapacidad, lo que representa el 13% de la población, y casi 1,9 millones poseen Certificado Único de Discapacidad (CUD). Pese a esas cifras, Acosta es contundente al señalar una deuda institucional: «El Estado podría acompañar mejor, haciendo campañas de sensibilización y creando programas de vida independiente, algo que no existe».

La transformación que genera vivir de manera autónoma, aunque sea por unos meses, es descripta por los propios jóvenes con una claridad que ningún informe técnico podría igualar. «Estoy re contento porque ahora puedo decidir qué ropa ponerme y nadie me dice nada», le dijo uno de ellos a Acosta tras pasar por Casa Tao. «No tengo los ojos de mis papás sobre mí.»

Ese relato, tan simple como poderoso, resume la filosofía detrás de Lo de Tono: que la autonomía no es un privilegio ni una utopía, sino una habilidad que se aprende, se practica y, con los apoyos correctos, se conquista.