Plantar árboles no alcanza: la ONU exige salvar los bosques que ya existen

El Foro de la ONU sobre los Bosques advierte que la degradación forestal, más silenciosa que la deforestación, amenaza la biodiversidad global, el clima y el permafrost. La reforestación masiva no resuelve la crisis si no se protegen los ecosistemas en pie.

El mundo lleva décadas contando árboles cuando debería estar midiendo ecosistemas. Esa es, en esencia, la advertencia que el experto en conservación Konstantin Kobyakov, de la fundación rusa Naturaleza y Personas, planteó esta semana ante el Foro de las Naciones Unidas sobre los Bosques, reunido en la sede de la ONU en Nueva York: la pérdida de superficie forestal se está desacelerando, pero un problema más grave y menos visible avanza sin freno. Se llama degradación forestal y, a diferencia de la deforestación, no borra bosques del mapa. Los vacía por dentro.

El enemigo invisible: degradar sin desaparecer

Un bosque degradado sigue siendo un bosque en el papel. Pero sus funciones ecológicas están rotas: pierde biodiversidad, cambia la composición de sus especies arbóreas y reduce drásticamente su capacidad de absorber carbono, proteger suelos y sostener a las comunidades que dependen de él. Para Kobyakov, ignorar esta distinción es un error estratégico de primer orden.

Los indicadores globales de reforestación —hectáreas replantadas, árboles sembrados— no capturan este deterioro silencioso. La política forestal de muchos países, incluida Rusia —que alberga alrededor de una quinta parte de los bosques del planeta—, sigue centrada en métricas cuantitativas que ocultan la verdadera salud del ecosistema.

Incendios, permafrost y el círculo vicioso del clima

En el caso ruso, Kobyakov identificó dos grandes amenazas que se retroalimentan con el cambio climático. La primera son los incendios forestales: tras las temporadas récord registradas entre 2019 y 2022, la situación se ha estabilizado en términos relativos, pero la tendencia estructural sigue apuntando a un aumento de las superficies quemadas. Cada incendio no solo destruye biodiversidad: emite gases de efecto invernadero que, a su vez, intensifican el calentamiento y aumentan el riesgo de nuevos focos.

La segunda amenaza es el deshielo del permafrost. Una parte significativa de los bosques rusos crece sobre suelos permanentemente congelados. Cuando la actividad económica —especialmente la tala— elimina la cubierta forestal en esas zonas, el suelo se desestabiliza y los procesos de erosión hacen prácticamente imposible cualquier regeneración. Además, el permafrost descongelado libera gases de efecto invernadero adicionales, acelerando aún más el calentamiento global. En las regiones del sur, el calor, la sequía y las plagas ya están volviendo a los bosques menos resilientes: pueden sobrevivir en condiciones normales, pero cualquier perturbación pone en duda su recuperación.

Restaurar ecosistemas, no solo plantar árboles

Kobyakov reclamó un cambio de paradigma en la política forestal global. En muchas zonas —especialmente en la franja forestal del norte— los bosques son capaces de regenerarse de forma natural si se les deja hacerlo. La prioridad real debería ser la restauración de ecosistemas forestales completos en aquellas áreas donde el cambio climático, los incendios o la actividad humana han roto esa capacidad de regeneración. Esas zonas son, en su mayoría, las regiones del sur de Rusia, más densamente pobladas y con mayor presión sobre los recursos naturales.

«Si queremos restaurar un bosque como ecosistema, esa es una tarea mucho más compleja», subrayó. En su criterio, la producción industrial de madera debería quedar en manos del sector forestal privado, que tiene incentivos directos para gestionarla, liberando los recursos públicos para la verdadera restauración ambiental.

Los bosques «invisibles» que China ya contabiliza

Kobyakov también llamó la atención sobre un activo ambiental que Rusia está desaprovechando: los bosques que han crecido espontáneamente sobre antiguas tierras agrícolas abandonadas. Estos bosques jóvenes son hoy uno de los mayores sumideros de carbono del país, pero apenas aparecen en las estadísticas oficiales, lo que distorsiona la evaluación del balance forestal ruso y su contribución real a la absorción de gases de efecto invernadero.

El contraste con China es elocuente. Cuando un proceso similar ocurrió en ese país —abandono masivo de tierras agrícolas seguido de regeneración forestal natural y artificial—, las autoridades chinas incorporaron esos nuevos bosques en sus sistemas de contabilidad e informes internacionales desde el primer momento. Ese es uno de los factores que explica por qué China se convirtió en uno de los líderes mundiales en absorción de CO₂ forestal.

Mongolia y el desafío global de la degradación de la tierra

El escenario más amplio se discutirá este verano en Mongolia, en la 17ª sesión de la Conferencia de la ONU de Lucha contra la Desertificación. Aunque la desertificación en sentido estricto afecta principalmente a las zonas áridas, la Convención amplía cada vez más su enfoque para abordar la degradación de la tierra como un desafío global que trasciende las zonas climáticas.

Entre las prioridades que los expertos rusos llevarán a Mongolia figuran la cooperación regional con los países de Asia Central para combatir la degradación del suelo, y la búsqueda de nuevas fuentes de financiamiento ambiental. Kobyakov apuesta por los sistemas voluntarios de certificación del uso de la tierra, similares a los mecanismos de certificación forestal que ya operan a escala internacional, como modelo replicable para enfrentar la crisis.

El mensaje que emerge del Foro de la ONU sobre los Bosques es claro: la cantidad de árboles plantados no es sinónimo de salud forestal. Mientras los países sigan midiendo el éxito en hectáreas reforestadas y no en ecosistemas funcionales, los bosques del mundo seguirán degradándose, incluso cuando las cifras digan lo contrario.