La pérdida de bosques tropicales primarios registró su mayor caída interanual desde que existen registros confiables, según el informe anual de Global Forest Watch. La política ambiental de Lula da Silva en la Amazonia es señalada como el factor determinante, aunque los expertos advierten que el avance es frágil y que el mundo aún está un 70% por encima de lo necesario para cumplir el compromiso climático de Glasgow 2030.
El planeta respiró un poco mejor en 2025. La pérdida de bosques tropicales primarios se redujo un 36% respecto al récord histórico registrado en 2024, cuando desaparecieron 6,7 millones de hectáreas de selva. Así lo reveló el análisis anual de Global Forest Watch (GFW), la plataforma de monitoreo forestal del Instituto de Recursos Mundiales (WRI), publicado este miércoles. La cifra equivale a que el mundo dejó de perder, en términos netos, una superficie comparable a la de Dinamarca en apenas doce meses.
Con todo, la magnitud del daño no debe subestimarse: en 2025 desaparecieron 4,3 millones de hectáreas de bosque primario tropical, el equivalente a 11 canchas de fútbol por minuto. La mayoría de esas pérdidas ocurrieron en Brasil, donde se destruyeron 1,6 millones de hectáreas, aunque fue precisamente ese país el que protagonizó la mayor recuperación relativa del año.
El efecto Lula: voluntad política como antídoto contra la deforestación
Los especialistas atribuyen el giro en las cifras brasileñas a un cambio concreto de modelo de gestión. Desde que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva asumió el poder en enero de 2023, su gobierno relanzó el Plan Federal de Prevención y Control de la Deforestación, reforzó las sanciones por delitos ambientales y reactivó los organismos de fiscalización que habían sido desmantelados durante la administración anterior. El resultado fue una reducción del 42% en los daños forestales no relacionados con incendios dentro del territorio brasileño.
Elizabeth Goldman, codirectora de GFW, calificó la disminución de «alentadora» pero subrayó que el mundo está lejos de cumplir el compromiso suscripto por más de 140 países en la Declaración de Glasgow sobre Bosques y Uso de la Tierra, que estableció como meta detener y revertir la deforestación para 2030. Según sus cálculos, la tasa actual de destrucción forestal supera en un 70% el nivel necesario para alcanzar ese objetivo.
América Latina: avances desiguales y una región en el centro del mapa
La región concentra cuatro de los diez países con mayor pérdida de bosque tropical primario en el mundo. Brasil ocupa el primer lugar, seguido por Bolivia en el segundo puesto, superando incluso a la República Democrática del Congo a pesar de tener un 60% menos de bosque primario. El país andino registró su segundo nivel histórico más alto de pérdidas, impulsado principalmente por incendios forestales, con más de 620.000 hectáreas arrasadas solo en 2024, una cifra que proyecta riesgos aún mayores para 2026, año marcado por el fenómeno de El Niño.
Colombia, en cambio, mostró un avance notable: su pérdida forestal cayó un 17% respecto a 2024, alcanzando la segunda cifra más baja desde 2016. Joaquín Carrizosa, asesor principal de WRI Colombia, advirtió que «2026 será la verdadera prueba», dado que las tasas de deforestación en ese país han mostrado alta volatilidad en los últimos años. El control territorial, la ganadería extensiva, la expansión de carreteras y las economías ilegales continúan siendo factores de riesgo estructural.
Perú también registró una leve mejora, con una caída del 8% en la pérdida de cobertura vegetal. Sin embargo, en la región de Madre de Dios, la minería de oro ilegal destruyó el 33% del bosque original del área entre 2002 y 2025, una cifra que encapsula décadas de saqueo silencioso. En los países andinos, la expansión de cultivos como el cacao y la palma aceitera también contribuye de manera significativa a la pérdida de masa forestal.
El fuego: la amenaza que no cede
Más allá de los avances en política forestal, los incendios emergen como la variable más preocupante del informe. Sarah Carter, investigadora asociada de GFW, señaló que la pérdida de masa forestal global cayó un 14% en 2025 cuando se considera la totalidad de los biomas, no solo los tropicales. Pero el fuego ha sido, en los últimos años, una de las principales causas de destrucción y su comportamiento es cada vez más impredecible debido al cambio climático.
En Bolivia, la RDC, Perú, Laos y Madagascar, la pérdida forestal se mantuvo alta impulsada por una combinación de factores: expansión agrícola, minería, desplazamientos por conflictos armados, dependencia de los bosques para alimentos y combustible, e incendios. Los expertos recomendaron que Bolivia adopte medidas proactivas de prevención y mitigación «teniendo en cuenta que 2026 será un año de El Niño». La advertencia, señalaron, es extensible a gran parte de América Latina, donde el 72% de la pérdida de vegetación desde 2001 fue causada por la agricultura, seguida por los incendios (13%) y la deforestación directa (8%).
Un progreso frágil ante el calendario electoral
Los datos de 2025 tienen también una lectura política inevitable. Brasil, Colombia y Perú, los tres países que lideraron las mejoras, tienen elecciones presidenciales programadas para lo que resta de 2026. Los cambios de gobierno y las alianzas de poder pueden reconfigurar radicalmente las prioridades ambientales, advirtió Rod Taylor, director de bosques globales del WRI: «El progreso que estamos viendo es alentador, pero está lejos de ser seguro. El destino de nuestros bosques depende de la voluntad política y de la resiliencia que se pueda construir frente al cambio climático».
El informe de GFW representa una señal de que las decisiones políticas pueden torcer tendencias que parecían irremediables. Pero también es un recordatorio de que salvar los bosques tropicales no es un logro permanente: es una conquista que debe renovarse, gobierno tras gobierno, frente a la presión implacable de mercados, economías ilegales y un clima que se vuelve cada vez más adverso. La selva ganó un respiro. La pregunta es cuánto durará.
