La invasión de castores en la Patagonia argentina, particularmente en Tierra del Fuego, representa una de las mayores amenazas ambientales del sur del continente. Introducidos en 1946 como parte de un fallido negocio peletero, estos roedores semiacuáticos se han convertido en una plaga silenciosa que destruye bosques nativos, inunda vastas extensiones de tierra y genera cuantiosas pérdidas económicas. Con una población estimada entre 100.000 y 150.000 ejemplares, el problema exige acción urgente y cooperación binacional entre Argentina y Chile.
Lo que comenzó como un proyecto económico para impulsar la industria de las pieles se ha transformado en un desastre ecológico sin precedentes. En 1946, la Marina argentina importó desde Canadá 20 ejemplares (10 parejas) de Castor canadensis y los liberó en la Isla Grande de Tierra del Fuego, cerca del Lago Fagnano. La idea era enriquecer la fauna y generar riqueza a través de la peletería. Sin embargo, la calidad de las pieles locales no cumplió con los estándares internacionales, el proyecto fracasó y los animales quedaron en libertad sin control.
Los castores, conocidos como ingenieros de ecosistemas, son roedores semiacuáticos que pueden alcanzar hasta 90 cm de longitud. Construyen diques complejos con troncos, ramas y barro para crear embalses que les sirven de protección y facilitan el acceso a su alimento. En el archipiélago de Tierra del Fuego se han registrado más de 206.000 diques (aproximadamente 101.000 en territorio argentino y 105.000 en Chile), afectando al 95 % de las cuencas hídricas. Esta modificación drástica del paisaje ha inundado más de 30.000 hectáreas de bosque nativo, equivalente a dos veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires.
A diferencia de los bosques del hemisferio norte, donde los árboles suelen regenerarse tras la actividad de los castores, las especies nativas de la Patagonia como la lenga (Nothofagus pumilio), el guindo y el ñire mueren de manera definitiva al ser derribadas o al quedar sumergidas por los diques. El castor es herbívoro y generalista, pero prefiere los bosques ribereños de mayor productividad, lo que acelera la degradación de estos ecosistemas únicos y de alto valor global.
Los daños no se limitan a la flora. Los castores afectan caminos, inundan estancias ganaderas, destruyen postes de alambrados y alteran turberas y acuíferos clave para la retención de carbono. En Argentina, se estiman pérdidas anuales de 66 millones de dólares por daños directos a la biodiversidad y los servicios ecosistémicos. Chile enfrenta impactos similares, ya que los animales cruzan libremente la frontera a través de cuencas hídricas compartidas, sin reconocer límites políticos.
Expertos del CONICET y diversas instituciones destacan que, al carecer de depredadores naturales en la región (como osos, lobos o águilas presentes en América del Norte), los castores se multiplicaron exponencialmente. Hoy colonizan prácticamente todo el archipiélago fueguino y han avanzado hacia el continente. El dilema actual es si optar por una erradicación total —considerada extremadamente compleja y costosa— o por medidas sostenidas de control poblacional que mitiguen el impacto mientras se intenta restaurar los ecosistemas afectados.
Mientras el debate continúa y se exploran estrategias binacionales, los bosques milenarios de la Patagonia siguen cediendo ante el avance de este enemigo oculto. La historia del castor en Tierra del Fuego sirve como una poderosa advertencia sobre los riesgos imprevisibles de introducir especies exóticas sin evaluar exhaustivamente sus consecuencias a largo plazo en ecosistemas frágiles.
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