Gastronomía inclusiva y economía circular. El proyecto Maná, de Cáritas Diocesana de Barcelona, recuperó en 2025 más de un cuarto de millón de kilos de alimentos y los transformó en menús sociales, empleo de inserción y un modelo replicable en toda España.
Cada mañana, cinco furgones parten desde la sede de Formació i Treball, empresa de inserción promovida por Cáritas Diocesana de Barcelona, cargados con comida que horas antes estaba destinada al vertedero. Su destino: los comedores sociales de la Ciudad Condal. El mecanismo que lo hace posible se llama proyecto Maná, y en 2025 evitó que más de 250.000 kilos de alimentos terminaran como residuos, al tiempo que generó puestos de trabajo para personas en situación de exclusión social.
El modelo combina dos urgencias simultáneas. Por un lado, la reducción del desperdicio alimentario, problema que en España mueve ahora una legislación pionera —la Ley 1/2025 de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario, vigente desde abril de 2026—. Por otro, la inserción laboral de colectivos vulnerables: migrantes, madres solas, jóvenes sin formación reconocida, personas que llegaron a España huyendo de la precariedad y chocaron aquí con otra. Maná cruza esas dos realidades en una misma cadena de valor.
Del campo a la mesa social: la logística invisible
La mayor dificultad del proyecto, según Marina Arnau, codirectora de Formació i Treball, es de naturaleza logística: nadie sabe con antelación qué alimentos llegarán cada día por donación. La principal empresa colaboradora es Ametller Origen, firma de alimentación con integración vertical que controla todo el proceso, desde el cultivo en sus propios campos hasta la venta en sus más de 140 tiendas en Cataluña y Andorra. Su responsable de sostenibilidad, Amaya Prat, reconoce que la lucha contra el desperdicio es un trabajo en construcción permanente.
Una vez recibida la mercancía, el equipo de almacén —encabezado por José Manuel Hernández y compuesto por once operarios— clasifica los productos antes de que pasen a cocina. Allí se elaboran las preparaciones para cuatro destinos: el restaurante D’ins, la cafetería del campus Besòs de la Universidad Politécnica de Cataluña, la residencia universitaria del mismo campus y un servicio de catering que ha llegado a proveer comidas al Mobile World Congress. Los alimentos rescatados representan ya en torno al 20% de la materia prima utilizada en todas las elaboraciones.
Las personas detrás del modelo
El proyecto tiene rostros concretos. Daniel Felipe González, venezolano de 56 años y solicitante de asilo desde 2023, trabaja como camarero en el restaurante. Gracias a ese empleo pudo alquilar una habitación en Barcelona, ciudad donde, según sus propias palabras, acceder a un piso completo resulta sencillamente inviable con los precios actuales del mercado. Thierno Fall, senegalés de 41 años, llegó a España en febrero de 2020, apenas días antes de que la pandemia torpedeara su proyecto migratorio. Su hijo, que nació durante ese tiempo, tiene hoy seis años y solo lo ha visto una vez. Formació i Treball le ofreció su primera oportunidad laboral estable en el país.
Aziza Radbane Ripoll, de 36 años y madre soltera de una niña de diecisiete meses, llegó al proyecto en enero tras años de inestabilidad laboral recorriendo media Europa. En el restaurante encontró no solo un salario, sino la posibilidad de conciliar: cuatro paradas de metro entre la guardería de su hija y su puesto de trabajo.
Los contratos de inserción tienen una duración máxima de tres años, aunque el objetivo declarado es que las personas adquieran autonomía antes y puedan dar el salto al mercado laboral ordinario. No se trata de un fin en sí mismo, sino de un trampolín.
Un modelo con vocación de escala nacional
Financiado por el Fondo Social Europeo y alineado con la nueva Ley de Desperdicio Alimentario, el proyecto Maná no se concibe como una experiencia aislada. Cáritas ya ha comenzado a replicarlo en otras diócesis: Lapiko Catering, en Bilbao, y la Fundación El Sembrador, en Albacete, son las primeras extensiones de un modelo que aspira a demostrar que la economía circular y la inclusión social no son objetivos contrapuestos, sino dos caras del mismo proceso.
El director de Cáritas Diocesana de Barcelona, Eduard Sala, sintetiza la apuesta: la gestión de los alimentos es parte constitutiva del ADN de Cáritas, y proyectos como Maná demuestran que una alimentación más sostenible y el acceso al trabajo pueden construirse al mismo tiempo, desde la misma cocina.
En 2025, Cáritas Española facilitó el acceso al empleo a 14.639 personas en exclusión. Maná es uno de los engranajes de esa cifra. Y una respuesta práctica, medible y replicable a una pregunta que la nueva ley obliga a hacerse a toda la cadena alimentaria: ¿qué hacemos con lo que sobra?
