El Super Niño que amenaza con reescribir los récords climáticos globales

Cambio climático, temperaturas extremas y fenómenos meteorológicos sin precedentes: el mundo enfrenta el episodio de El Niño potencialmente más devastador de la historia moderna

Los principales organismos meteorológicos del planeta encienden las alarmas. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Centro Europeo de Predicción Meteorológica a Plazo Medio (ECMWF) coinciden en un escenario que no tiene parangón en el registro instrumental moderno: el fenómeno de El Niño de 2026 podría convertirse en el más intenso jamás documentado, con consecuencias que se extenderán desde la Amazonia hasta el sudeste asiático, pasando por el Caribe, Europa y América del Sur.

Un océano fuera de control

El fenómeno se origina en el calentamiento anormal de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial. Bajo condiciones normales, los vientos alisios empujan las masas de agua cálida hacia el Pacífico occidental. Cuando El Niño se activa, esos vientos se debilitan, el agua caliente retrocede hacia el este y el sistema climático global pierde su equilibrio.

Lo que diferencia al episodio de 2026 de sus predecesores es la magnitud proyectada. Las últimas actualizaciones del ECMWF —publicadas el 5 de mayo— muestran que la mayoría de los modelos sitúan la anomalía de temperatura superficial del mar entre +2,5 y +3 °C para el último trimestre del año, con algunos escenarios alcanzando los +4 °C. Para entender la escala de esa cifra: los episodios históricos de 1982-83, 1997-98 y 2015-16 —que causaron estragos en medio mundo— no superaron los +2,8 °C.

Un evento por encima de ese umbral colocaría a la humanidad ante algo sin precedentes en la era de las mediciones instrumentales modernas.

Lo que la ciencia anticipa

El climatólogo Daniel Swain, del Instituto de Recursos Hídricos de California, advierte que el exceso de calor que El Niño lleva a la superficie oceánica, combinado con el calentamiento global derivado del cambio climático, producirá temperaturas medias globales récord antes del fin de 2026 o durante 2027. El planeta ya se encuentra aproximadamente 1,4-1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, y cualquier impulso adicional podría situar a 2027 como el año más cálido jamás registrado, superando el umbral de +1,5 °C previsto en el Acuerdo de París.

El meteorólogo Jeff Berardelli explica que cuando el Pacífico libera grandes cantidades de calor, sobrealimenta el sistema climático y genera un auténtico caos meteorológico a escala planetaria: olas de calor más intensas, sequías más graves en determinadas zonas y, simultáneamente, mayor humedad en la atmósfera que deriva en inundaciones más destructivas en otras regiones.

Un mapa del desastre climático

Los impactos no serán uniformes. Según los modelos del ECMWF y la NOAA, el escenario proyectado para finales de 2026 incluye:

  • Amazonia: la degradación de los bosques —ya afectada en un 40% por incendios, tala y sequía— podría agravarse de forma severa con un El Niño de esta intensidad.
  • Caribe y América Central: sequías más frecuentes y olas de calor que amenazarán los cultivos y el abastecimiento de agua. Berardelli señala que el Caribe estará especialmente seco y registrará menor actividad de sistemas tropicales, debido al predominio del calor en el Pacífico sobre el Atlántico.
  • Perú, Ecuador y Colombia: lluvias abundantes y riesgo elevado de inundaciones en las costas del Pacífico sudamericano.
  • Australia y sudeste asiático: déficit hídrico pronunciado y reducción de los monzones, con consecuencias directas para la agricultura regional.
  • Medio Oriente: mayor probabilidad de precipitaciones superiores a lo normal, con riesgo de inundaciones repentinas.
  • Estados Unidos: verano más caluroso de lo normal, con olas de calor importantes y tormentas eléctricas más frecuentes en el suroeste del país.
  • Europa: aunque los efectos directos son más difusos, el ECMWF proyecta anomalías térmicas de entre +1 y +2 °C para el verano boreal de 2026, con episodios de sequía y lluvias torrenciales concentradas en pocos días.

La huella histórica de los Super Niños anteriores

Los antecedentes son elocuentes. El episodio de 1997-98 generó pérdidas económicas superiores a 30.000 millones de dólares y dejó cerca de 24.000 víctimas mortales vinculadas a inundaciones, deslizamientos de tierra y tormentas. El de 2015-16 disparó la temperatura media del planeta hasta niveles sin precedentes, contribuyó a que 2016 fuera el año más cálido registrado hasta entonces y extendió sequías severas por África y América Central.

La literatura científica también hace referencia al superNiño de 1876-78, vinculado a una sequía global de dimensiones catastróficas. Un evento de esas características, potenciado por el calentamiento actual, tendría consecuencias de otra magnitud.

La incertidumbre que persiste

No todos los modelos apuntan en la misma dirección con igual intensidad. Algunos sistemas de predicción, como el canadiense CanESM5 o el alemán DWD, sugieren un episodio de intensidad débil o moderada. El informe de la Bolsa de Cereales de Rosario (BCR) aclara que «todavía no es posible determinar la intensidad definitiva del evento», aunque reconoce una tendencia clara hacia El Niño para el segundo semestre del año.

Wilfran Moufouma Okia, jefe de predicción climática de la OMM, afirma que existe un alto grado de confianza en el inicio del fenómeno, seguido de una mayor intensificación en los meses posteriores. Según la OMM, El Niño se produce aproximadamente cada dos a siete años y dura entre nueve y doce meses.

Un planeta más desequilibrado que nunca

La OMM ya advirtió que 2026 es un año extraordinario en cuanto a fenómenos extremos alimentados por el cambio climático, y que el planeta está «más desequilibrado que en cualquier otro momento de la historia observada». El Super Niño no es la causa de ese desequilibrio, pero actúa como un amplificador que intensifica olas de calor, sequías y tormentas que ya de por sí baten récords.

Los servicios meteorológicos y las administraciones públicas de todo el mundo refuerzan la vigilancia sobre episodios de calor extremo. Sectores como la agricultura, la gestión del agua, la energía y la salud pública dependen cada vez más de la información climática estacional para anticipar y reducir riesgos. El tiempo de preparación se acorta. Las señales del océano son claras.