¿Solución o trampa? El dilema de los biocombustibles ante la crisis del petróleo

La guerra en Irán disparó el precio del petróleo un 50% y desató una escasez global de 11 millones de barriles diarios. Los biocombustibles resurgen como alternativa energética urgente, pero expertos advierten que convertir cultivos en combustible podría desencadenar una crisis alimentaria sin precedentes.

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, no solo reconfiguró el mapa geopolítico de Medio Oriente. También encendió una carrera desesperada por encontrar sustitutos al petróleo. En ese contexto, los biocombustibles volvieron al centro del debate energético mundial con una promesa tentadora y una advertencia severa: pueden mitigar el golpe, pero a un costo que podría pagarse en el plato.

El detonante: Ormuz, el cuello de botella del mundo

El cierre de facto del Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor de una quinta parte del suministro mundial de petróleo, concentró buena parte de la inquietud internacional. Cerca del 20% del diésel consumido en la Unión Europea y el Reino Unido procede de la región del Golfo. El resultado fue inmediato: el precio del crudo superó los 100 euros por barril, y en países como España los combustibles registraron subas superiores al 30%.

Ante ese panorama, el comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, instó a los países miembros a definir medidas concretas para reducir el uso de petróleo y gas, especialmente en el transporte, luego de que los ministros se reunieran para abordar una escasez mundial de 11 millones de barriles diarios.

Brasil, el caso que el mundo mira

Mientras Europa busca respuestas, un país lleva décadas construyendo la suya. El etanol brasileño, producido principalmente de caña de azúcar, equivale a casi el mismo volumen de gasolina consumida en el país, cuyos automóviles de fabricación nacional son casi todos flexibles, capaces de usar tanto gasolina como etanoles puros o en cualquier mezcla.

Esa infraestructura, consolidada desde los años setenta, demostró su valor. Los precios de la gasolina en Brasil subieron apenas un poco más del 7% desde el comienzo de la guerra, y los del diésel cerca del 23%, alzas equivalentes a una cuarta parte y la mitad de lo que hubieran sido sin esa red de biocombustibles. Para The Economist, ese modelo es el «arma secreta» de Brasil frente a la nueva crisis del petróleo.

Brasil espera que el aumento en la cosecha de caña durante los próximos meses derive en un récord de 30.000 millones de litros de etanol, unos 4.000 millones más que el año anterior.

El lado oscuro: alimentos versus energía

Sin embargo, el entusiasmo tiene límites. Con frecuencia se presentan los biocombustibles como la solución para que el mundo deje atrás los combustibles fósiles, pero arrastran una larga lista de inconvenientes. Muchos se elaboran a partir de cultivos básicos como el maíz y la soja, lo que puede llevar a los agricultores a priorizar la energía por encima de la producción de alimentos, encareciendo los precios a escala mundial y agravando la inseguridad alimentaria, especialmente en los países de renta baja.

La advertencia no es hipotética. La FAO ya alertó que el encarecimiento del petróleo podría incentivar a algunos productores a destinar cultivos a biocombustibles, lo que reduciría aún más la disponibilidad de alimentos. El economista jefe del organismo, Máximo Torero, advirtió que en los próximos meses se reduciría la producción y distribución de alimentos, lo que conllevaría a un aumento de precios que castigará con más fuerza a los países de bajos ingresos.

Un dilema sistémico

El problema va más allá del combustible. La escalada del conflicto en Medio Oriente está generando un efecto dominó de alcance global que impacta los mercados energéticos, los fertilizantes y, en última instancia, los precios de los alimentos, poniendo en evidencia la profunda interdependencia entre energía, producción agrícola y seguridad alimentaria.

La escasez de petróleo causada por la guerra puede llevar a los países a buscar sustitutos inmediatos en los combustibles líquidos de origen vegetal. Pero intentar sustituir el petróleo con biocombustibles en medio de una crisis de fertilizantes conduciría a una crisis alimentaria de grandes dimensiones.

Las generaciones que importan

No todos los biocombustibles son iguales. Los de primera generación proceden de cultivos alimentarios como el maíz y la caña de azúcar; los de segunda generación se obtienen de vegetación no comestible y residuos agrícolas; los de tercera generación se producen a partir de algas. Los expertos coinciden en que el futuro sostenible está en las versiones avanzadas. Un informe encargado por BMW concluye que pueden aprovecharse cantidades especialmente grandes de materiales residuales, como paja de la agricultura, restos de madera forestal o residuos orgánicos, para producir combustibles suficientemente respetuosos con el clima.

La disyuntiva global

La crisis energética desatada por la guerra en Irán no tiene una salida simple. Los biocombustibles ofrecen un alivio real y probado, como demuestra el modelo brasileño, pero solo bajo condiciones específicas: materia prima no alimentaria, infraestructura consolidada y regulaciones que impidan que la urgencia energética devore la seguridad alimentaria.

El mundo enfrenta una elección que no puede posponerse: diversificar la energía sin comprometer la comida. O como resumió la investigadora Suzana Kahn, «la crisis actual no es solo energética, involucra también los fertilizantes. Muchos insumos esenciales para la agricultura provienen del petróleo». Resolver una crisis sin crear otra es el verdadero desafío del siglo.