La psicología del desarrollo revela que los niños de los años 60 y 70 forjaron una resiliencia emocional sin precedentes gracias al juego libre, la autonomía infantil y la ausencia de sobreprotección. Lo que hoy sería negligencia, entonces fue la mejor escuela.
Salían solos a la calle. Volvían cuando oscurecía. Resolvían sus peleas sin árbitros adultos y se aburrían durante horas sin que nadie los entretuviera. Lo que hoy podría interpretarse como negligencia, en aquel entonces era simplemente la norma. Y sin embargo, esa norma produjo algo que la psicología moderna lleva décadas intentando replicar sin lograrlo del todo: adultos emocionalmente sólidos, capaces de tolerar la frustración y de regularse sin ayuda externa.
En una época donde los niños salían a la calle sin supervisión constante y resolvían sus problemas por sí mismos, quienes crecieron en la década de 1960 cultivaron una resiliencia emocional única. Esta capacidad para enfrentar adversidades sin colapsar emocionalmente contrasta con las generaciones actuales, marcadas por una mayor incidencia de ansiedad y depresión.
El accidente que la ciencia estudia
Los años 60 y 70 no intentaban crear niños emocionalmente resilientes. Los padres no leían libros de psicología infantil ni asistían a seminarios para padres. Simplemente estaban tratando de salir adelante, a menudo trabajando en múltiples empleos y lidiando con sus propias luchas. Los niños tuvieron que resolver las cosas por sí solos.
Ese abandono cotidiano —involuntario, estructural, producto de otra época— desencadenó un proceso que los especialistas identifican hoy como inoculación al estrés. Al enfrentarse a dificultades moderadas de forma autónoma —como volver solos a casa o negociar reglas en un juego sin mediación de los padres—, estos menores fortalecieron su adaptación a largo plazo. Desarrollaron habilidades clave como la tolerancia a la frustración y una autorregulación emocional basada en la experiencia pura.
El concepto central que explican los especialistas es claro: la falta de intervención constante obligó a desarrollar habilidades clave como la resolución de problemas, la tolerancia a la frustración y la autorregulación emocional. Niños que volvían solos a casa, que lidiaban con conflictos sin adultos o que enfrentaban el aburrimiento sin pantallas, construyeron lo que hoy se conoce como resiliencia.
El estudio que lo confirma
Uno de los pilares científicos de este debate es el Kauai Longitudinal Study. Realizado por la psicóloga Emmy Werner en la isla de Hawái con niños nacidos en 1955, Werner realizó un seguimiento de casi 700 menores durante más de tres décadas, analizando su desarrollo desde la infancia hasta la adultez en distintos contextos sociales y familiares. El estudio encontró que alrededor de un tercio de los niños que crecieron en condiciones adversas logró convertirse en adultos emocionalmente estables y funcionales.
Entre los factores de protección identificados se destacan el apoyo de al menos un adulto significativo, la existencia de vínculos afectivos estables, habilidades sociales tempranas y capacidad de afrontamiento. En otras palabras, no fue el abandono en sí lo que los fortaleció, sino la combinación de libertad y al menos un vínculo seguro.
El psicólogo Peter Gray, referente mundial en desarrollo infantil, lleva décadas advirtiendo que es en el juego de riesgo, libre y al aire libre que los niños pueden hacer frente a problemas complejos: subiendo un árbol o incluso enfrentando conflictos entre pares, aprenden a lidiar con la ira y el miedo sin autodestruirse. Para Gray, el juego requiere autorregulación y la demasiado obvia presencia de adultos puede llevar a los niños a renunciar a su propia capacidad de regularse.
El precio que nadie menciona
Pero la historia tiene una contracara que los nostálgicos prefieren omitir. Los psicólogos aclaran que la educación de los años 60 y 70 tampoco era el ideal. Esa resiliencia tuvo un costo elevado: la represión de los sentimientos. Muchas personas criadas bajo ese régimen de dureza presentan hoy serias dificultades para expresar sus emociones o pedir ayuda, debido a la norma implícita de tener que «arreglárselas solo».
Esto demuestra que la dureza de aquella educación tampoco era ideal. La fortaleza mental se desarrolló, sí, pero a menudo a costa del bienestar emocional.
Especialistas como Norman Garmezy y Michael Rutter han señalado que la resiliencia es un proceso dinámico y no un rasgo fijo, y que comparar generaciones en términos de «fortaleza emocional» simplifica un fenómeno complejo que depende de múltiples variables sociales y familiares.
El modelo que nadie quiere imitar, pero todos deberían estudiar
El modelo actual es muy diferente. Hoy, los menores crecen en entornos más controlados, donde los adultos intervienen con rapidez para evitar el malestar. Aunque esta protección parte de una intención positiva, algunos especialistas advierten de sus posibles efectos. La ausencia de desafíos reales puede limitar el desarrollo de habilidades emocionales fundamentales.
La lección que dejan estas décadas no es la de volver al autoritarismo, sino la de encontrar un punto medio. La fortaleza psicológica no debería construirse a costa del bienestar emocional. El consenso académico sugiere que el equilibrio perfecto reside en combinar la comprensión y el afecto con límites claros y retos que permitan a los niños tropezar y levantarse por su cuenta.
El debate que abre este fenómeno es profundo: ¿es posible criar niños emocionalmente fuertes sin exponerlos al malestar? Lo que sí queda claro es que la resiliencia no se enseña solo con palabras, sino con experiencias.
La generación que creció sin aplicaciones, sin supervisión constante y sin adultos que gestionaran cada conflicto no fue víctima de sus padres. Fue, sin saberlo, un experimento de psicología del desarrollo a escala masiva. Y sus resultados todavía incomodan a quienes prefieren creer que proteger siempre es lo mismo que fortalecer.
