Extinción de especies en América Latina, biodiversidad en crisis, Lista Roja UICN: el continente más diverso del planeta cerró 2025 con tres especies menos y más de 48.600 amenazadas a escala global.
La región más biodiversa del mundo también es la que más tiene que perder. Desde 1948, América Latina se ha despedido de 53 especies endémicas del Caribe, 30 de Mesoamérica y 32 de Sudamérica. En 2025, el continente sumó tres nuevas ausencias irreversibles al largo registro de lo que ya no existe: el ave Bermuteo avivorus, el copépodo Mastigodiaptomus galapagoensis, visto por última vez en las Islas Galápagos, y la Eugenia acutissima, una planta endémica de Cuba que no ha podido ser localizada desde 1980.
No son casos aislados. Son síntomas.
El territorio que se vacía
La paradoja es brutal: la misma exuberancia que convierte al Amazonas, al Pantanal y a los bosques de Mesoamérica en patrimonio planetario hace de América Latina el territorio más expuesto a los golpes del cambio climático y la destrucción de ecosistemas. Según Gabriel Quijandría, director regional de la UICN para América del Sur, el calentamiento global altera los ciclos ecológicos, la reproducción y la disponibilidad de alimento, afectando directamente las funciones esenciales de los ecosistemas.
Pero el cambio climático rara vez actúa solo. Los factores combinados que empujan a las especies hacia el abismo incluyen la pérdida, fragmentación y degradación de hábitats, la caza, pesca y comercio ilegal de flora y fauna, la deforestación, la introducción de especies invasoras y la falta de gobernanza efectiva. Sin regulación sólida, advierte Quijandría, el riesgo de colapso ecosistémico crece de forma exponencial.
El expediente de pérdidas en la región acumula nombres que ya no tienen futuro: la chinchilla endémica de Perú Lagostomus crassus, vista por última vez en 1910; la tortuga gigante de Floreana (Chelonoidis niger), una de las especies originarias de las Galápagos; la rana venenosa espléndida (Oophaga speciosa), un anfibio rojo endémico del oeste de Panamá; y el Evarra tlahuacensis, un pez que habitaba el lago de Chalco en el Valle de México, despojado de su hábitat por contaminación.
48.600 especies amenazadas: la escala del problema
Las cifras globales no permiten el optimismo fácil. A nivel mundial, hay 48.600 especies amenazadas, equivalentes al 28% de todas las especies evaluadas. Y ese número es, casi con certeza, una subestimación: aún hay animales, hongos y plantas que la ciencia no ha llegado a describir. El miedo real, según los especialistas, es que se extingan antes de ser conocidas.
La tasa de extinción actual es significativamente mayor que en períodos anteriores, con patrones claros que incluyen la pérdida y degradación de hábitat, la introducción de especies invasoras, la sobreexplotación, las enfermedades emergentes y, en medida creciente, el cambio climático. Todos esos patrones comparten un denominador: la actividad humana.
La conservación no puede ser solo cosa de científicos
Para Mariella Superina, doctora en Biología de la Conservación y miembro de la Comisión de Supervivencia de Especies de la UICN, el problema tiene también una dimensión cultural y política que las instituciones académicas no pueden resolver solas. La conservación de muchas especies depende, en la práctica, del carisma del animal: conseguir financiación para proteger al mono tití es mucho más fácil que para el armadillo. Esa asimetría condena a las especies menos fotogénicas a una protección de segunda clase.
La urgencia, además, trasciende la biología. Un estudio global basado en la memoria ecológica de diez pueblos indígenas alertó sobre el impacto de la extinción de especies en las danzas y rituales de esas comunidades: cuando una especie desaparece del territorio, parte de la cultura que la nombraba también se va.
Hay casos de éxito, pero el tiempo apremia
La catástrofe no es inevitable. Los especialistas señalan que la historia reciente incluye victorias concretas. La vicuña (Lama vicugna), el camélido andino que estuvo al borde de la extinción en los años 70, se recuperó mediante estrategias de manejo sostenible con participación directa de comunidades altoandinas y hoy figura en la Lista Roja de la UICN bajo la categoría de Preocupación Menor. Casos similares se registraron con el oso andino en Venezuela y la tortuga verde en Brasil.
Un estudio global de 2016 demostró que las áreas protegidas tenían un 11% más de riqueza de especies y un 15% más de ejemplares por especie en comparación con territorios colindantes sin protección. La gestión efectiva de esas áreas, insisten los expertos, sigue siendo la herramienta más poderosa disponible.
«Tenemos que entender como sociedad que todo está conectado», advierte Superina. «Si una especie desaparece, parece que no nos afecta tanto, pero sí. Y no es una. Son miles.»

