El mítico hada rosa o pichiciego menor (Chlamyphorus truncatus) vuelve a ser avistado en la Reserva de Biósfera Ñacuñán, disipando la percepción de desaparición causada por su vida subterránea y nocturna que lo hace casi invisible. Este diminuto armadillo rosado, considerado uno de los mamíferos más difíciles de observar en Argentina, reaparece y refuerza el rol vital de las áreas protegidas de Mendoza en la preservación de especies ultra sensibles ante la destrucción de hábitat y el cambio climático.
El nuevo registro del pichiciego menor en las 12.600 hectáreas de algarrobales y jarillales de Ñacuñán ha generado gran entusiasmo entre guardaparques, científicos y ambientalistas. Con apenas 7 a 11 centímetros de largo y un caparazón rosado pálido que le valió el sobrenombre de hada rosa, este es el armadillo más pequeño del mundo. Su estilo de vida estrictamente nocturno y subterráneo —pasa casi toda su existencia excavando galerías en suelos arenosos y compactos— explica por qué se creía desaparecido o extremadamente raro en muchas zonas.
Durante décadas, la especie ha sido percibida como prácticamente invisible: expediciones científicas internacionales han invertido meses enteros en su hábitat sin lograr un solo avistamiento. Investigadores especializados en armadillos han trabajado hasta 13 años en campo sin verlo. Desde 1970 figura en listas de especies en riesgo, con principal amenaza en la destrucción de hábitat por avance agrícola, alteración de suelos y contaminación. Su población está fragmentada, con datos insuficientes sobre su tamaño real, y en áreas no protegidas sufre por la pérdida de ecosistemas áridos intactos. Además, no sobrevive en cautiverio y es sensible a manipulaciones, lo que agrava la dificultad para estudiarla o confirmar su presencia.
“Cada vez que registramos un pichiciego estamos frente a una señal concreta de que el ecosistema funciona”, afirmó Ignacio Haudet, director de Biodiversidad y Ecoparque. Iván Funes Pinter, director de Áreas Protegidas, subrayó: “Este registro confirma que las áreas protegidas cumplen su función esencial”. Adrián Gorrindo, jefe del Departamento de Fauna, explicó que el animal actúa como “ingeniero silencioso” al airear el suelo, mejorar la infiltración de agua y controlar hormigas y larvas, funciones clave en el desierto mendocino.
Declarado Monumento Natural Provincial por la Ley 6599, el pichiciego simboliza la fragilidad y resiliencia de la biodiversidad nativa. Su reaparecimiento en Ñacuñán no es casual: demuestra que, al proteger integralmente suelo, flora y procesos naturales, especies tan elusivas pueden persistir. En un contexto de presiones humanas crecientes, este hallazgo es un recordatorio urgente: las áreas protegidas no son opcionales, son esenciales para evitar que mitos como el hada rosa se conviertan en verdaderas desapariciones.