En Buenos Aires, la apicultura urbana se convierte en un movimiento de rescate de colmenas que salva a las abejas de la extinción mientras transforma terrazas, medianeras y balcones en refugios inesperados. Marcelo Loiseau, con más de 40 años de experiencia y pionero en permapicultura productiva, lidera esta revolución ecológica que inspira a miles en redes y evidencia el cambio cultural ante el síndrome de colapso de colonias. Descubre cómo un apicultor de La Plata integra las abejas melíferas a la vida cotidiana de la capital argentina, combatiendo agrotóxicos, Varroa destructor y la crisis climática en una historia viral que ya suma millones de vistas.
En el quinto piso de un edificio céntrico de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Agustín Ezcurra observa con fastidio cómo las abejas entran y salen por un hueco en la pared que alberga caños de gas y electricidad. La colmena, que crece desde hace quince años y atraviesa medianeras de varios pisos, obliga a los vecinos a cerrar balcones. “No quiero saber más nada”, confiesa el encargado. En lugar de recurrir al veneno, un video de Instagram lo llevó hasta Marcelo Loiseau, el apicultor que hoy representa la esperanza para miles de colmenas urbanas en la metrópoli.
Loiseau, de 59 años y oriundo de la provincia de Buenos Aires –vive en City Bell y opera desde Turdera–, acumula más de cuatro décadas como perito apicultor. Su empresa, Miel Loiseau, evolucionó en 2009 de la apicultura convencional a la permapicultura productiva, un método que prioriza la selección de abejas resistentes a plagas como la Varroa destructor y respeta el equilibrio natural de las colonias. “Hace algunos años las personas no se preguntaban qué hacer cuando encontraban un panal en su casa, lo eliminaban con veneno y el supuesto problema se terminaba. Con la sensibilidad social sobre el valor de estos insectos y la amenaza de su extinción, la situación empezó a cambiar”, explica el especialista en declaraciones recogidas por El País. Incluso empresas fumigadoras rechazan ahora matarlas.
La paradoja urbana es evidente: mientras la agroindustria rural, los monocultivos y los agrotóxicos diezman poblaciones enteras en el campo –contribuyendo al temido síndrome de colapso de colonias (CCD)–, Buenos Aires se erige como un santuario. “Todo el arbolado de la Ciudad de Buenos Aires es melífero: las plazas, los jardines y las abejas están en todas partes”, afirma Loiseau. Las colonias exploran constantemente y, durante la enjambrazón primaveral, se instalan en huecos de apenas uno o dos centímetros en paredes, techos, terrazas o balcones. Ejemplos recientes lo confirman: desde una colmena de dos metros de longitud oculta en un hotel de Barracas (rescate viral de diciembre de 2024 con más de 8 millones de vistas en Instagram) hasta intervenciones en Recoleta, Villa Urquiza, Temperley y edificios en refacción.
El procedimiento de relocalización exige precisión quirúrgica. Loiseau y su equipo –que incluye a su hijo Ulises– utilizan colmenas de madera desarmables con cuadros móviles. “Vamos a tener que hacerlo con una silleta y romper la pared. Cuando encontremos un espacio cómodo para poder sacarlas, colocamos la colmena en un cajón de madera y la llevamos a un lugar silvestre seguro, lejos de fumigaciones agrícolas”, detalla sobre casos complejos como el del quinto piso. Localizan a la reina, que atrae al resto de la colonia, y minimizan el estrés para que, en días o semanas, las abejas retomen su rutina de polinización.
Los desafíos científicos son globales. El investigador Francisco José Reynaldi del CEMIBA (Centro de Microbiología Básica y Aplicada de la Universidad Nacional de La Plata) advierte: “A esto se suman otros factores que operan a escala global, como el uso de agrotóxicos, la crisis climática, la expansión de los monocultivos y la consecuente pérdida de hábitat”. Más de veinte virus transmitidos por la Varroa destructor debilitan las colonias. En contraste con Europa, Estados Unidos y Canadá –donde políticas públicas fomentan la apicultura urbana–, Argentina carece de una ley nacional específica. Solo normativas provinciales y municipales fragmentadas generan confusión, aunque el cambio cultural es imparable.
En su cuenta de Instagram @miel.loiseau, Loiseau documenta cada rescate: panales en medianeras, cielorrasos de baños o conductos de ventilación. Estas imágenes no solo viralizan su labor –con cientos de miles de interacciones– sino que educan sobre la biodiversidad urbana. “Las abejas son responsables del 70% de la polinización de especies vegetales y aportan alrededor del 35% de la producción mundial de alimentos”, recuerda el apicultor en ensayos fotográficos compartidos en medios.
Más allá del rescate, Loiseau promueve una convivencia armónica. Sus colonias relocalizadas en entornos seguros continúan produciendo miel cruda y cera bajo principios de permapicultura, un modelo que selecciona abejas resistentes y minimiza intervenciones. En un país donde la apicultura tradicional aún domina, su apuesta por integrar el mundo de las abejas a la vida urbana representa una lección de resiliencia ambiental. Mientras el planeta enfrenta la posible extinción del 40% de las especies de abejas, en Buenos Aires un apicultor demuestra que cada balcón puede ser un refugio y cada vecino, un aliado.
La historia de Loiseau no es solo un rescate técnico: es un llamado urgente a repensar nuestra relación con la naturaleza en las ciudades. Con cada colmena salvada, se poliniza no solo jardines, sino también conciencias. En un mundo que corre contra el reloj climático, estos polinizadores urbanos se convierten en símbolo de esperanza y acción concreta.