El negocio millonario que promete "mantener vivo" a tu mascota fallecida, pero no puede replicar su alma ni personalidad
La clonación de mascotas se ha convertido en una práctica cada vez más popular entre celebridades y dueños adinerados que no aceptan la pérdida de sus animales de compañía. El último en sumarse a esta tendencia ha sido el exjugador de fútbol americano Tom Brady, quien reveló recientemente que su perra Junie es un clon genético de Lua, su mascota fallecida en 2023. Brady, inversor en la empresa biotecnológica Colossal Biosciences, utilizó una muestra de sangre tomada antes de la muerte de Lua para crear esta réplica, en un proceso que coincide con la adquisición de Viagen —líder mundial en clonación de animales— por parte de Colossal.
Esta noticia revive casos emblemáticos como el de la actriz y cantante Barbra Streisand, quien en 2018 clonó a su perra Samantha, obteniendo dos cachorras idénticas: Miss Violet y Miss Scarlett. Streisand, devastada por la pérdida tras 14 años de compañía, recurrió a Viagen para preservar el ADN de su mascota. Algo similar ocurrió con el presidente argentino Javier Milei, quien clonó a su mastín inglés Conan —fallecido en 2017— generando hasta cinco cachorros genéticamente idénticos, de los cuales varios viven actualmente con él.
El procedimiento, basado en la técnica de transferencia nuclear de células somáticas —la misma usada para crear a la oveja Dolly en 1996—, consiste en extraer células de la mascota (viva o recién fallecida), cultivarlas, transferir el núcleo a un óvulo donante sin material genético propio e implantar el embrión en una madre sustituta. El resultado: un animal con el 99,9% del ADN idéntico al original. Empresas como Viagen proclaman "la ciencia de mantenerlos vivos", cobrando alrededor de 50.000 euros por el proceso completo, aunque ofrecen preservación genética inicial por unos 3.000 dólares.
El mercado global de clonación de mascotas, principalmente perros y gatos, alcanzó los 300 millones de dólares en 2024 y se proyecta que supere los 1.500 millones en 2035, con un crecimiento anual del 15%. En España, Ovoclone, con sede en Marbella, ofrece estos servicios a clientes internacionales, dirigida por Enrique Criado, quien defiende que no solo atrae a millonarios, sino también a dueños comunes que financian el procedimiento para superar el duelo.
Sin embargo, la industria enfrenta fuertes críticas éticas. Ejecutivos como Blake Russell, presidente de Viagen, insisten en que los clientes entienden que el clon es un "gemelo idéntico" pero no el mismo animal: un cachorro nuevo con personalidad propia. Criado coincide, destacando que muchos dueños superan depresiones gracias a la similitud comportamental. No obstante, expertas en bioética como Fabiola Leyton, de la Universidad de Barcelona, lo califican de "moralmente inaceptable", al tratar a los animales como instrumentos y explotar a madres sustitutas y embriones fallidos.
Estudios científicos revelan bajas tasas de éxito —alrededor del 2-4% de eficiencia en perros— y cuestionan su necesidad cuando refugios albergan cientos de miles de animales abandonados. Además, declaraciones sobre conciencia animal, como la de Nueva York en 2024, refuerzan argumentos para prohibirla. Como admitió Streisand al conocer a sus clones: "Puedes clonar el aspecto de un perro, pero no puedes clonar su alma".
Esta paradoja —copiar el genoma pero no la historia vital— divide opiniones en un negocio que crece impulsado por el amor incondicional a las mascotas, pero cuestionado por su impacto en el bienestar animal y la aceptación natural de la muerte.
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