En un contexto global marcado por la urgencia climática, América Latina emerge como líder en energías renovables, con una matriz eléctrica que supera el 65% de fuentes limpias, según informes de organizaciones como Ember y OLACDE. Sin embargo, la región enfrenta desafíos estructurales como la necesidad de inversiones millonarias y la integración de infraestructuras para acelerar la transición energética en 2026. Este balance entre logros y pendientes define el panorama de renovables en América Latina, posicionando a países como Uruguay, Brasil y Chile como ejemplos de éxito, mientras otros buscan cerrar la brecha.
La transición energética en América Latina ha avanzado a pasos agigantados en los últimos años. Según el informe Global Electricity Review 2025 de Ember, el 65% de la electricidad generada en la región en 2024 provenía de fuentes limpias, superando ampliamente el promedio mundial del 41%. Países como Uruguay destacan con casi el 100% de su generación eléctrica basada en renovables, seguido de Paraguay con un 91.5% y Brasil, que ha multiplicado por cinco su generación eólica en la última década y por siete la solar en los últimos cinco años. En Chile, la combinación de solar y eólica alcanza el 34%, y el país se posiciona como líder regional en almacenamiento en baterías con 1.8 GW de capacidad operativa.
Estos avances no son casuales. Proyecciones para 2026 indican un crecimiento sostenido de más del 15% en la capacidad instalada de energías renovables, impulsado por proyectos a gran escala en solar y eólica, especialmente en Brasil, Chile y México. La Organización Latinoamericana de Energía (OLACDE) resalta que la región ya es "la más verde del mundo", con un 69% de renovables en 2025, y prevé que para 2050 esta cifra llegue al 78-83%. Además, la democratización de la energía mediante sistemas descentralizados y la electrificación del transporte están transformando el paisaje, con un auge en vehículos eléctricos y redes más resilientes.
Sin embargo, el debe de América Latina en materia de renovables es significativo. Expertos como Wilmar Suárez de Ember advierten sobre desafíos como la necesidad de reformar sistemas energéticos para la era de las renovables variables, superar barreras financieras y atraer inversiones. OLACDE estima que se requieren 500 mil millones de dólares para desplegar renovables a gran escala hacia 2030. Problemas estructurales, como la integración regional limitada –más pronunciada en Centroamérica y México que en Sudamérica–, y la dependencia persistente de combustibles fósiles en sectores no eléctricos, frenan el progreso. El Foro Económico Mundial identifica cinco prioridades: superar desafíos estructurales, fomentar la integración, impulsar la descarbonización total, atraer inversión global y garantizar una transición justa e inclusiva.
En este escenario, América Latina tiene el potencial para liderar la transición energética global. Con recursos naturales inigualables –potencial solar, eólico e hidroeléctrico de primer orden–, la región puede convertir sus ventajas en rendimiento predecible y proyectos financiables. Iniciativas como la convocatoria de IRENA para proyectos de renovables en países como Argentina, Colombia y Perú buscan acelerar este proceso, priorizando propuestas hasta marzo de 2026.
El balance es claro: mientras avances como los de Brasil y Chile inspiran, los desafíos demandan acción inmediata. ¿Podrá América Latina capitalizar su posición para un futuro sostenible? La respuesta depende de políticas audaces y colaboración regional.