Un informe revelado por The Guardian expone que la quema residencial de leña provoca unas 8.600 muertes prematuras anuales en Estados Unidos, según un estudio de la Universidad Northwestern publicado en Science Advances. Aunque solo una minoría de hogares utiliza leña para calefacción, esta fuente genera hasta el 22% de la contaminación invernal por PM2.5. El fenómeno también golpea a Argentina, donde barrios vulnerables respiran un humo tóxico que agrava asma, EPOC y enfermedades cardiovasculares, profundizando la desigualdad ambiental y sanitaria.
Ayer viernes, el influyente diario británico The Guardian publicó un revelador informe que expone la cara oscura del calor hogareño: la quema residencial de leña en Estados Unidos provoca una contaminación asesina que se cobra alrededor de 8.600 muertes prematuras al año, según un estudio exhaustivo de la Universidad Northwestern publicado en la prestigiosa revista Science Advances.
Este trabajo pionero, liderado por el estudiante de ingeniería mecánica Kyan Shlipak y con Daniel Horton como autor senior (profesor asociado de Ciencias de la Tierra, Ambientales y Planetarias), utilizó un modelo de calidad del aire de alta resolución (4 km de detalle) combinado con la actualización 2023 del Inventario Nacional de Emisiones (NEI) de la EPA. Dividieron el territorio continental en miles de cuadrículas para rastrear emisiones invernales de PM2.5 derivadas de chimeneas, estufas, calderas y calefactores de leña. Los resultados son demoledores: aunque solo el 2% de los hogares depende de la leña como calefacción principal (y un 8% como complemento), esta fuente aporta cerca del 22% (2.43 μg/m³ en promedio ponderado por población) de la contaminación por partículas finas en invierno, constituyendo una de las mayores contribuciones individuales a la polución estacional.
El humo no se queda confinado: se transporta desde suburbios y zonas rurales hacia núcleos urbanos densos y valles montañosos donde se atrapa como una niebla tóxica, amplificando riesgos de enfermedades cardiovasculares, pulmonares y muertes prematuras. Comunidades no blancas sufren una exposición y mortalidad desproporcionada, especialmente en áreas metropolitanas, revelando una injusticia ambiental flagrante.
En Argentina, el drama se repite con matices locales pero igual de alarmante. El uso de leña como calefacción principal o complementaria ronda el 2.5% a 5% nacional (mucho mayor en zonas rurales y patagónicas), inyectando entre el 15% y 22% de las emisiones de PM2.5 durante los inviernos más fríos en regiones cordilleranas y australes. Barrios populares e indígenas, donde el gas natural es un lujo inaccesible, respiran este veneno invisible que agrava inflamación pulmonar crónica, crisis asmáticas, EPOC, bronquitis recurrente y riesgos cardiovasculares, perpetuando un ciclo de desigualdad que castiga con mayor ferocidad a los más vulnerables.
Tanto en Estados Unidos como en Argentina, la quema residencial de leña se erige como un asesino silencioso que devora miles de vidas cada año. Este paralelismo global clama por acción inmediata: transitar hacia fuentes limpias como GLP o electricidad, subsidiar estufas de alta eficiencia, intensificar el monitoreo del aire y regular emisiones para cortar de raíz esta plaga humeante que, sin intervención, se agravará con sequías, incendios forestales y mayor dependencia de biomasa.
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